Esta semana celebramos un aniversario más de la Paz del Chaco, coincidente con el primer juego de la Selección Paraguaya en el Mundial de USA 2026, lo que le otorgó a la fecha el colorido imprescindible que siempre debió tener y que esta vez tuvo pero por la coincidencia, no por el aniversario.
Al recordar la Paz del Chaco es recurrente traer a la memoria las gestas de nuestros abuelos en el frente, la gesta de la unidad nacional que el Chaco concitó en el Paraguay guerracivilista de los primeros años del Siglo XX, y la gesta de este país que logró movilizar a cientos de miles de paraguayos con una rapidez, con una masividad y con una efectividad que sorprendió no solo al enemigo 90 años atrás, sino que sorprende incluso hoy día a los estudiosos de la historia militar universal.
De lo que he leído poco, porque de ello se habla bastante poco, es de las heridas que la guerra dejó en el Paraguay. La victoria ocultó del relato epopéyico las cicatrices que 3 años de conflicto inmisericorde en un terreno aún más inmisericorde, dejaron en las almas de los veteranos.
Mis dos abuelos lo fueron y en ellos podía notar que el recuerdo de esos años en el frente estaba conformado por una masa cuyos ingredientes eran tanto el orgullo de haber estado allí, como la exaltación del recuerdo de sus superiores, camaradas y subalternos, pero también una indisimulable melancolía que por momentos los abatía y sumía en un silencio espectral, con la mirada puesta en el infinito observando quién sabe qué tenebroso rescoldo de su memoria.
Nunca logré que verbalizaran su melancolía, que, por lo demás, era fugaz para dar paso de nuevo a los ingredientes anteriores que permitían adobar el relato hacía el cierre épico de siempre, aquel que sí era digno de ser escuchado por su nieto.
Esa melancolía se apoderó también del Paraguay de la postguerra en la que los veteranos desmovilizados, henchidos de autoestima y de una ciega confianza hacia la institución que había —a través suyo— “salvado” a la Patria: el ejército, decidieron construir el país desde éste, lo que explica que 50 años después del final de la guerra más de 47 fueran gobernados por militares en servicio activo, casi todos veteranos de la contienda, por cierto. La guerra había formado un partido nuevo: el del ejército, a quien ningún civil podía arrebatar los frutos de su sacrificio y el lustre de su arrolladora victoria en el Chaco.
La melancolía del Paraguay cruzaba tanto la política como la vida cotidiana, siendo necesario simplemente prestar atención a los detalles para reconocerla en los usos y las costumbres de la ciudad y el campo.
Los avatares del destino condujeron a uno de mis abuelos a asentarse y hacer morada con su familia en un pequeño pueblo de Cordillera, del que no era originario, pero al que adoptó como suyo y el pueblo a él pues era el médico del lugar. Tenía un pequeño almacén que a las tardecitas aglomeraba a varios excombatientes del pueblo a mascar tabaco y beber caña blanca, mientras contaban una y otra vez, todos los días y a la misma hora, exactamente las mismas historias del frente.
Una de esas tardecitas de tórrido verano en que pasaba yo mis vacaciones con mis abuelos, recuerdo que mi abuela perdió la paciencia con su recurrente clientela del almacén a quienes espetó que ya era tarde, que estaban ensuciando todo, que contaban siempre lo mismo y que ya se vayan. La reacción de mi abuelo no la podré olvidar nunca: “Eheja che rehe, Aurora. Che ahenduta ha’ekuéra”.
¿Por qué lo hizo? El tiempo me dio la perspectiva suficiente para comprender el gesto, la generosa decisión, que comportaban esas palabras: eran veteranos como él, y como él necesitan no solo contar a otros sino además escucharse mientras contaban lo que fue el hito de sus existencias, el parteaguas de sus vidas, el suceso que fue lo más extraordinario que les tocó vivir y en primera persona.
Mi abuelo entendió que su deber, en la última milla de su vida, era escuchar a sus camaradas. Aunque cuenten la misma historia… todos los días, a la misma hora, con el mismo naco y la misma caña.










