Opinión

El desafío después de una derrota

Por: Pablo Noé Jefe de prensa de La Tribu 650 AM.

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.\La desazón de Damián Bobadilla tras su gol en contra que significó el inicio de la pesadilla para la Albirroja ante Estados Unidos

Son las siete de la tarde y un adolescente vuelve a su casa con la cabeza baja. Acaba de desaprobar un examen para el que estudió durante días. En otro barrio, un comerciante hace cuentas y descubre que el negocio que abrió hace unos meses no está funcionando como esperaba. Más lejos, alguien recibe la noticia de que no fue seleccionado para ese trabajo que tanto deseaba. Son escenas comunes, tan comunes que rara vez llaman la atención. Sin embargo, todas tienen algo en común: representan ese momento incómodo en el que descubrimos que el esfuerzo no siempre alcanza y que el resultado esperado no llega.

Paraguay vivió algo parecido. La goleada frente a Estados Unidos en el partido inaugural del Mundial dejó una sensación amarga entre miles de paraguayos. Como ocurre después de cada derrota importante, aparecieron rápidamente las críticas, los análisis y la búsqueda de responsables. El fútbol tiene esa capacidad de transformar un resultado deportivo en una emoción colectiva. Por eso las victorias se celebran como propias y las derrotas se sienten como una frustración personal.

Pero cuando pasa el enojo inicial, surge una pregunta más interesante que cualquier análisis táctico: ¿Qué hacemos con las derrotas?

Vivimos en una época que parece exigir éxito permanente. Se exhiben logros, metas alcanzadas y triunfos, mientras los errores permanecen fuera de escena. Pareciera que fracasar es una anomalía, cuando en realidad forma parte de cualquier proceso de crecimiento. Nadie construye una carrera profesional, una empresa, una familia o una trayectoria deportiva sin atravesar momentos de frustración.

Por eso las derrotas tienen una utilidad que las victorias rara vez ofrecen. Cuando se gana, existe la tentación de creer que todo funciona correctamente. El triunfo suele ocultar errores, debilidades e improvisaciones. La derrota hace lo contrario. Actúa como una radiografía. Expone carencias, revela falencias y obliga a formular preguntas incómodas. En el deporte, como en la vida, los mayores aprendizajes suelen aparecer después de los golpes más duros. Las victorias nos hacen sentir mejores de lo que somos. Las derrotas nos muestran lo que realmente somos.

Lo mismo ocurre fuera de los estadios. El estudiante que reprueba un examen descubre qué necesita mejorar. El emprendedor que fracasa aprende lecciones que ningún manual puede enseñar. El trabajador que pierde una oportunidad muchas veces desarrolla habilidades que terminarán abriéndole otras puertas. La caída nunca resulta agradable, pero puede convertirse en el punto de partida de algo mejor si existe la voluntad de aprender.

Quizás por eso la goleada frente a Estados Unidos no deba ser recordada únicamente como un mal resultado deportivo. Dentro de algunos años el marcador será apenas una estadística más. Lo importante será si aquella derrota nos dejó una enseñanza o simplemente una excusa. Los resultados pasan. Las lecciones que dejan, si sabemos escucharlas, suelen durar mucho más.

Porque perder un partido puede ser doloroso. Lo verdaderamente peligroso es perder la oportunidad de aprender de él.

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