Opinión

La orfandad voluntaria

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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Relató el drama de quienes, asediados por las noches más crudas, buscan acercarse desesperadamente para no morir congelados, solo para descubrir que, al rozarse, el calor del otro viene irremediablemente acompañado del desgarro en la carne.

“Un día helado de invierno, un grupo de puercoespines se apiñaron muy juntos para, gracias al calor mutuo, evitar congelarse. Pero pronto sintieron el dolor que les causaban las púas de sus compañeros, lo que los hizo separarse. Sin embargo, al volver el frío y la necesidad de calor, se volvieron a juntar, y sintieron de nuevo el castigo de las espinas. Así, tras repetidos acercamientos y huidas, descubrieron que la distancia ideal era aquella que les permitía calentarse sin hacerse daño”.

Con esta metáfora, plasmada en su obra “Parerga y Paralipomena”, el filósofo Arthur Schopenhauer dibujó nuestra condena contemporánea. Relató el drama de quienes, asediados por las noches más crudas, buscan acercarse desesperadamente para no morir congelados, solo para descubrir que, al rozarse, el calor del otro viene irremediablemente acompañado del desgarro en la carne.

Esa es la radiografía exacta de nuestro mayor abismo íntimo. Vivimos hambrientos de afecto, pero le tenemos un pánico atroz. Deseamos con todas nuestras fuerzas que alguien, por fin, apague la luz, se siente a los pies de la cama y decida quedarse. Pero en cuanto atisbamos la posibilidad de que eso ocurra, levantamos murallas de hormigón armado. Y no lo hacemos por desapego, frialdad o cinismo; lo hacemos porque sabemos, con una certeza que nos quema la garganta, el precio incalculable que tiene perder a quien dejamos entrar.

Cuando la biografía de una persona está atravesada por el abandono, algo se quiebra en su estructura más profunda. El instinto de supervivencia toma el mando. Mientras algunos temerarios siguen ofreciendo el cuello a pesar de las cicatrices, otros desarrollan un talento oscuro, silencioso y milimétrico: el arte de irse antes. Aprender a hacer las valijas emocionales mientras el otro duerme. No depender de nadie. No entusiasmarse de más. Asesinar la ilusión antes de que nazca, bajo una premisa tan lógica como desoladora: si yo me voy primero, nadie podrá dejarme atrás.

Desde afuera, este mecanismo de defensa tiene muy buena prensa. Se disfraza de fortaleza, de carácter indomable, de una autosuficiencia admirable. La sociedad aplaude al que no necesita a nadie. Sin embargo, en la intimidad de las madrugadas, esa supuesta fortaleza no es más que orfandad voluntaria. Es terror puro, y es que existe una diferencia abismal entre elegir la soledad por placer y acostumbrarse a ella por cobardía. La primera es un acto de soberanía, la segunda es el triste consuelo de quien vive atrincherado.

Hoy habitamos una época que ha romantizado la hiperindependencia hasta convertirla en un mandato tóxico. Recitamos como autómatas que “podemos con todo”, que “el amor propio es suficiente” y que necesitar a otra persona es el síntoma definitivo de la debilidad. Qué mentira tan ruidosa y triste. Nuestra especie no está diseñada para la soledad profiláctica. Somos primates asustados en un mundo caótico.

Necesitamos tribus, refugios, manos que nos sostengan la mirada, necesitamos desesperadamente a alguien a quien llamar a las tres de la tarde para contarle una victoria minúscula, y un hombro donde desmoronarnos cuando la vida nos rompe a la mitad.

Por eso los puercoespines de Schopenhauer nos siguen interpelando dos siglos después. El triunfo no está en amputarnos la capacidad de sentir para asegurar nuestra invulnerabilidad, es encontrar esa distancia justa donde podamos amarnos sin devorarnos.

Es indudable que abandonar duele menos que ser abandonado. Arrancar la tirita de un tirón te salva del pánico a que lo haga el otro, pero también es una certeza matemática, y profundamente dolorosa, que quien siempre elige marcharse primero está firmando su propia sentencia: la de pasar su única vida esquivando el dolor, para terminar perdiéndose irremediablemente todo aquello que solo nace cuando uno tiene la inmensa, la suicida valentía de quedarse.

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