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Tina Alvarenga: “Vale la alegría haber abierto caminos”

Para Tina Alvarenga, defender la tierra es defender el cuerpo y el espíritu. Con una trayectoria marcada por el servicio y la educación, esta mujer g…

| Por La Tribuna
“No bajar la cabeza”: Tina Alvarenga encarna la diplomacia indígena y la firmeza de quien ha transformado el prejuicio en poder político.

Para Tina Alvarenga, defender la tierra es defender el cuerpo y el espíritu. Con una trayectoria marcada por el servicio y la educación, esta mujer guaraní desglosa las batallas ganadas y los senderos que aún faltan abrir. Una historia de vida que celebra la “alegría de la lucha” y el legado de una nueva generación de niñas que hoy sueñan, por fin, en su propia lengua y con voz propia.

Desde Puerto Casado hasta las altas esferas de Ginebra, la vida de Tina Alvarenga no es solo una biografía; es un mapa de resistencia y un puente tendido entre dos mundos que a menudo se niegan a mirarse. Su historia comienza con un acto de rebeldía silenciosa a los diez años, cuando llegó a Asunción como “criadita”, esa figura del Paraguay profundo donde la infancia se diluye en el servicio doméstico sin salario. Allí, frente a una patrona que intentó quebrantar su dignidad con gritos, Tina descubrió la herramienta más poderosa de su pueblo: la palabra. “Usted no me está dando de comer gratis, yo estoy trabajando”, respondió. Esa niña desbocada, como la llamaron entonces, ya sabía que el silencio no era una opción para quienes nacen con el mandato de ser libres.

Ser mujer guaraní occidental en una sociedad con una mentalidad aún colonizadora ha sido su mayor desafío. Tina ha tenido que derribar el muro del clasismo, ese prejuicio que duda de la capacidad intelectual de una mujer indígena cuando se presenta con formación y voz propia. Para ella, el activismo no es solo una bandera política, es un movimiento pendular constante entre el saber ancestral y la incidencia moderna. Es la mujer que baila el Aticú familiar en enero siguiendo el ritmo de sus padres y, semanas después, puede sentarse en una mesa de negociación internacional con la diplomacia indígena como escudo. Ella no baja la cabeza; sabe que la postura corporal, el dato estadístico y la propuesta concreta son las llaves que abren las puertas donde antes solo había rechazo.

Su visión de la lucha es holística e innegociable: defender el territorio es defender el cuerpo. Para Tina, cuando se contamina el agua o se tala un bosque, se violenta el espíritu colectivo de las mujeres. No es una metáfora, es una realidad física. Por eso, su activismo busca el “buen vivir”, un estado donde la dignidad no sea una dádiva, sino un derecho. Lo demostró en los años 80 en las comunidades de Caaguazú y lo consolidó años después impulsando la Ley del 1% para la inserción laboral de indígenas en el sector público. Para ella, cada victoria era un “tape po’i” que hoy las nuevas generaciones recorren con pasos más anchos y firmes.

Lo que motiva a Tina a levantarse cada mañana es la gratitud por la vida y una fe inquebrantable en la “sororidad comunitaria”. Cree firmemente que solo la unidad de las mujeres puede transformar las prácticas dañinas, tanto externas como internas. Su orgullo actual no está en los títulos, sino en ver a adolescentes indígenas que ya no bajan la mirada, que dominan la tecnología y que ocupan espacios de representación con una confianza que a ella le costó décadas construir. Es la alegría de ver que la semilla que plantó como “machete”, abriendo camino en la selva de la exclusión, ha dado frutos que hoy sueñan en voz alta.

Si hoy pudiera encontrarse con aquella niña de diez años que llegó a la capital cargada de incertidumbres, Tina se sacaría el sombrero ante ella. Le agradecería haber regresado al país cuando tuvo la oportunidad de irse, haber apostado por un Paraguay más justo y fraterno. Con la energía de quien siente que aún le quedan quince años de fuerza productiva para seguir remando, Tina Alvarenga sigue siendo esa educadora de alma que enseña con el ejemplo. Su vida es la prueba de que se puede habitar la modernidad sin soltar la mano de los ancestros, y que la verdadera trascendencia está en el servicio que transforma la realidad de quienes vienen detrás.

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