En Limpio, donde el ruido del progreso se mezcla con el anhelo de superación, nació en el 2018 una iniciativa que desafiaría las estadísticas de desigualdad. Sin ser todavía una fundación formal, arrancó con un propósito claro: brindar herramientas a mujeres que no tenían oportunidades económicas o que atravesaban situaciones críticas de violencia. Ese primer paso, dado en el local de la iglesia San José con apenas seis cursos gratuitos y 220 alumnas, fue la semilla de lo que hoy conocemos como la Fundación Kuimba’e ha Kuña Katupyry. El crecimiento fue tan vertiginoso que el espacio parroquial pronto quedó pequeño, obligando a la organización a trasladarse al club Nueva Estrella. Sin embargo, el verdadero desafío llegó con la pandemia. En un momento donde el mundo se detuvo, los fundadores observaron con profundo orgullo cómo sus beneficiarios no solo resistían, sino que sobrevivían dignamente gracias al conocimiento adquirido en peluquería, cocina o corte y confección. Ese fue el punto de inflexión definitivo: al regresar a la presencialidad, lo hicieron con la fuerza de una fundación constituida, madura y totalmente autofinanciada.
El impacto de las organizaciones de este tipo se mide en rostros y nombres propios, en historias que demuestran que el apoyo correcto mejora radicalmente la calidad de vida. Está, por ejemplo, el caso del albañil que, tras estudiar peluquería y barbería en la fundación, decidió no abandonar su oficio, sino transformarlo de manera creativa. Hoy, durante sus horas de almuerzo en las obras de construcción, cambia la cuchara de albañil por las tijeras de precisión, generando un ingreso extra y dignificando su tiempo de descanso. También destaca la historia de aquel hombre que comenzó con el curso de barman y contagió su entusiasmo a su esposa, quien se sumó a la capacitación de elaboración de lomitos y hamburguesas. Juntos, no solo crearon un emprendimiento gastronómico familiar que elevó su estándar de vida, sino que él mismo fabricó todo el mobiliario del local utilizando las técnicas aprendidas en el curso de muebles con palets. Estas crónicas de éxito son el motor que impulsa a la institución a seguir ofreciendo más de 100 cursos modulares con costos sociales y la certificación de Sinafocal, garantizando excelencia en cada taller.
Aunque su raíz está profundamente enterrada en Limpio, el eco de Katupyry ha cruzado fronteras llegando a Emboscada, Mariano Roque Alonso, Remansito, Villa Hayes, Luque y zonas más remotas del Paraguay. La fundación se ha convertido en un centro de oportunidades para quienes buscan la “autosuperación” como herramienta de libertad. Niños, jóvenes y adultos encuentran en sus aulas —actualmente situadas en un local alquilado— un espacio genuino de igualdad de oportunidades. La oferta es tan diversa como las necesidades de la comunidad: desde electricidad, refrigeración y plomería, hasta manicura, decoración y herrería. Cada taller está diseñado para una salida laboral rápida, priorizando siempre a los sectores más vulnerables. Tras haber alcanzado a 20.000 personas en siete años, el próximo gran hito es la casa propia y sedes en el interior del país. Un espacio definitivo donde puedan expandir sus sueños y seguir demostrando que el apoyo organizado no solo mejora la economía, sino que restaura la dignidad emocional de las familias. Este emprendimiento, que nació del sueño de apoyar a unas pocas mujeres, ha demostrado que cuando se brinda conocimiento y se fomenta la capacidad propia, el límite es inexistente. La Fundación Katupyry no solo enseña oficios, le devuelve a las personas la certeza de que son capaces de construir su propio destino con sus propias manos.


