Opinión

Reyes Magos, GPS social y otras deudas pendientes

Pablo Noé.

| Por La Tribuna-
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Porque esa canción no habla de camellos ni de cofres llenos. Habla de espera. Y, sobre todo, de ausencia. De la ilusión que se construye con cuidado y se rompe en silencio. Por eso, más que una canción folclórica, funciona como un retrato social. Como una advertencia temprana de cómo se reparte —o no— la magia en este país.

En Paraguay, el Día de Reyes no es solo una fecha infantil. Es un espejo sin filtro. Hay casas donde los regalos sobran, donde la ilusión se da por sentada y la magia es una costumbre heredada. Hay otras donde la ilusión se administra con prudencia, como si fuera un bien escaso. Y hay casas donde la magia nunca llegó ni va a llegar, porque la prioridad siempre fue otra: comer, resistir, aguantar.

Ahí aparece la verdadera tristeza del 6 de enero. No en la falta de juguetes, sino en el aprendizaje precoz de la desigualdad. En ese momento en que un niño entiende —sin que nadie se lo explique— que los Reyes Magos no pasan por todas las casas. Que no es cuestión de portarse bien, sino de nacer en el lugar correcto. Esa lección no figura en ningún programa educativo, pero deja marcas profundas.

Mientras tanto, los adultos seguimos sosteniendo el ritual. Tal vez por nostalgia. Tal vez por culpa. Tal vez porque necesitamos creer que algo de magia todavía existe. Y ya que estamos en eso, vale la pena imaginar qué pasaría si los Reyes Magos, por una vez, decidieran repartir con justicia poética en lugar de repetir el mismo recorrido de siempre.

No se trata de castigos ni de burlas. Se trata de recordar que cada rol en esta sociedad tiene consecuencias, incluso cuando finge no tenerlas.

Al político de turno, por ejemplo, podrían dejarle un espejo grande, irrompible, sin retoques ni discursos. Un espejo que devuelva la imagen exacta de promesas incumplidas, mientras la billetera está vacía y el supermercado se vuelve un lujo.

Al legislador experto en privilegios, ese que legisla sobre el esfuerzo ajeno desde la comodidad propia, quizás le vendría bien un despertador que suene todos los días a las cuatro y media de la mañana. No como castigo, sino como experiencia pedagógica. Para conocer lo que es madrugar sin chofer, sin viáticos y sin dieta asegurada.

Al funcionario público que confunde estabilidad con eternidad, los Reyes podrían dejarle un contrato con fecha de vencimiento clara y una evaluación real. Para recordarle que el Estado no es herencia ni refugio, sino una responsabilidad temporal.

Al empresario que evade impuestos pero se indigna con facilidad, una calculadora muy particular: una que solo funcione cuando paga lo que corresponde. Sin atajos, sin excepciones, sin llamadas salvadoras.

A los amantes del fútbol, paciencia en dosis industriales, para seguir esperando un Mundial que no duela, una Libertadores que no sea solo ilusión y campeonatos locales que vuelvan a ser obligación histórica y no milagro esporádico.

Al ciudadano que siempre culpa a otros por el desastre colectivo, un manual básico de responsabilidad cívica. Con letra grande. Porque ningún país se arruina solo desde arriba.

Y al joven que ya no cree en nada, cansado de promesas recicladas y futuros postergados, los Reyes deberían regalarle oportunidades reales y un país que no le exija irse para poder vivir con dignidad. Eso sí sería magia.

En cuanto a los propios Reyes Magos, merecen un regalo: un GPS social. Para que el año que viene no se pierdan siempre en los mismos barrios. Para que entiendan que la verdadera magia no está en el envoltorio ni en la foto, sino en que todos tengan, al menos, el derecho a esperar algo.

Porque mientras el 6 de enero siga sonando como esa canción triste que empieza diciendo que la mañana era hermosa, no es que falten Reyes. Falta un país donde la magia no dependa del código postal.

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