El trastorno, que suele manifestarse entre los 5 y 7 años, requiere un abordaje integral que priorice la salud emocional del niño y el apoyo familiar por encima de la supresión de los síntomas.
El síndrome de Tourette (ST) se consolida hoy como uno de los trastornos del neurodesarrollo más complejos dentro del espectro de tics definido por el manual DSM-5-TR. Caracterizado por la presencia de múltiples tics motores y al menos uno vocal, esta condición presenta un curso fluctuante donde la gravedad y el impacto de los síntomas varían significativamente con el paso del tiempo.
Según explica Mauricio Acosta, psiquiatra infantojuvenil del Centro de Salud Mental del CESI, la prevalencia es mayor en varones. El especialista señala que el inicio típico ocurre entre los 5 y 7 años, alcanzando su pico de severidad entre los 10 y 12 años, aunque destaca un panorama alentador; en muchos casos, la condición mejora notablemente durante la adolescencia tardía.
Un origen multifactorial
La ciencia médica determina que las causas del Tourette son una combinación de factores. Existe una alta carga genética y heredabilidad, pero también influyen componentes ambientales y perinatales, tales como la prematuridad, el bajo peso al nacer y la exposición a nicotina o estrés durante la gestación, sumado a factores neurobiológicos específicos de cada individuo.
Las manifestaciones clínicas se dividen en tics motores y vocales. Los primeros pueden ser simples, como el parpadeo o muecas faciales, o complejos, involucrando saltos o la imitación de gestos. Por su parte, los tics vocales varían desde gruñidos y tos hasta la repetición de palabras ajenas, aclarando que solo en un porcentaje menor —del 10 al 15%— se presenta la emisión de palabras inapropiadas.
El rol fundamental del entorno familiar y escolar
Para los padres, comprender la naturaleza del trastorno es el primer paso hacia el bienestar del menor. Es vital internalizar que los movimientos son involuntarios y que, aunque el niño pueda reprimirlos brevemente, estos terminan por manifestarse. Además, el Tourette suele coexistir con otras condiciones como el TDAH o el trastorno obsesivo-convulsivo.
Acosta enfatiza que el niño jamás actúa “a propósito”. En este sentido, regañar al menor solo empeora el cuadro, mientras que ignorar el tic y validar sus emociones protege su autoestima. Estas recomendaciones se extienden al ámbito escolar, donde se sugiere informar a los docentes para evitar sanciones, permitir pausas motoras y sobre todo intervenir de forma inmediata ante cualquier indicio de acoso escolar.
Respuestas desde el sistema de salud
Actualmente, el Instituto de Previsión Social (IPS), a través de su Unidad Infantojuvenil en el CESI, ofrece un esquema de atención completa. El proceso inicia con una evaluación psiquiátrica y la pesquisa de trastornos asociados como ansiedad o TDAH. El protocolo incluye estudios complementarios como electroencefalogramas y evaluaciones neuropsicológicas, asegurando un seguimiento farmacológico solo si el caso lo requiere.
El tratamiento no es genérico, sino individualizado. El equipo multidisciplinario trabaja mediante psicoterapia cognitivo-conductual, técnicas de reversión de hábitos y orientación a padres. La medicación se reserva exclusivamente para casos donde los tics generan dolor físico, interferencia social severa o son blanco de burlas constantes.
Recomendaciones para el hogar
El apoyo en casa se basa en pilares de calma y aceptación. Los especialistas aconsejan no castigar ni pedir al niño que “se detenga”, ya que esto aumenta la tensión. En su lugar, se debe fomentar el descanso, mantener rutinas claras y reforzar los logros personales del niño para que su identidad no se vea reducida al trastorno.
“El síndrome de Tourette no define a su hijo”, concluye el especialista. Recalca que el objetivo médico y familiar no debe ser la eliminación obsesiva de cada tic, sino brindar las herramientas necesarias para que los niños y adolescentes se sientan seguros y logren desarrollar todo su potencial humano.



