Opinión

El papa debió callar

Miguel Almada Frutos.

| Por La Tribuna
Papa León XIV

Un par de días atrás, el papa pronunció una frase que causó un tembladeral: “Dios no bendice conflictos”. La furibunda reacción de Donald Trump y JD Vance no se hicieron esperar, al sentirse aludidos por el inacabado conflicto con Irán, a lo que el pontífice replicó con un huidizo “no estaba aludiendo a Trump” ni a ese conflicto en particular, sino a todos en general.

Tirar la piedra y esconder la mano demuestra la poca conciencia situacional de León XIV como líder mundial, cuya voz se oye y repercute. Un líder no hace lo que hizo el papa, y si lo hace es porque tiene una muy miope percepción de lo que entraña y significa su liderazgo para los demás.

No obstante aquello, lo sucedido llama a la reflexión sobre lo relevante que tanto en la cotidianidad como en las más altas esferas es y siempre ha sido la virtud del silencio. Porque el silencio no debe identificarse siempre como la cobardía de no adoptar una posición, sino hacerlo con un matiz distinto y que, según las circunstancias, puede incluso ser más estridente que las palabras.

Hoy día la regla es opinar sobre todo, hablar sobre todo, sostener o rechazar con vociferos lo que sea o lo que venga. Como si el arte de vivir se tratase de que los demás “se enteren”, de cualquier cosa, incluso de las que no se tiene la menor idea, pero que se enteren.

El silencio es la herramienta decisiva de la madre de todas las virtudes de un gobernante: “la prudencia”. Y cuando aludo a la palabra gobernante no me refiero únicamente a liderazgos públicos, sino también a los privados, acaso mucho más decisivos en la vida íntima de cada quien y donde el protagonista es el papá, la mamá, el maestro o cualquiera que ejerza un rol de gobierno –guía– sobre espíritus ajenos, en cuyo marco no es un derecho, ni siquiera una opción deseable, sino un deber.

Hay veces que el silencio es más que un deber para convertirse en un privilegio. Esto ocurre cuando no se lo debemos a nadie, sino fundamentalmente a nosotros mismos. ¿Por qué? Porque hay materias del alma humana que no admiten categorizaciones maniqueas como las que el lenguaje inexorablemente crea, a favor o en contra. Su infinita complejidad amerita callar con humildad para que así podamos simplemente contemplarlas en procura de, con tiempo y buena suerte, alguna vez comprenderlas, o bien disfrutar –que no es poco– del asombro que provoca la grandeza magnífica de su incomprensión.

La guerra y su relación con Dios es una de ellas. Porque proclamar la paz y la aversión a la guerra es una cosa, pero decir que Dios siempre toma partido en contra de la guerra es una afirmación que un pontífice no debe hacer; y no porque no tenga razón o porque la tenga, sino porque no sabe de lo que está hablando, no comprende lo que está diciendo.

En su beneficio, ni él ni casi nadie en la historia del pensamiento, por lo que ante la humana tentación de opinar sobre ello, debió el papa recordar que no es más un cardenal de la curia o el obispo de Chiclayo, en consecuencia ser prudente y callar.

Y si acaso el argumento de la prudencia no bastante, echar mano del privilegio que tenemos todos los seres humanos de guardar humilde silencio respecto de lo que no comprendemos.

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