La risa fue automática. Dos adolescentes, un celular y un video: una chica caminando en cuatro patas, con orejas de gato y cola digital. “Mirá esto”, dijo uno. “Ahora se creen animales”. Yo también sonreí. Después bajé la mirada al café. Y ahí entendí que algo no estaba bien.
Así conocí la palabra therians. Y como suele pasar en esta época, el fenómeno duró apenas segundos antes de convertirse en meme. Burlas, imitaciones, especialistas de ocasión y juicios exprés. Una experiencia humana transformada en espectáculo.
No me inquieta la etiqueta. Me inquieta la velocidad con la que dejamos de ver personas.
Porque detrás de esas imágenes hay chicos reales. Adolescentes intentando ponerle nombre a lo que sienten, a su identidad, a su manera de habitar el cuerpo. Algunos exageran. Otros buscan pertenecer. Otros simplemente piden ser vistos. Como lo hicimos todos alguna vez, solo que hoy frente a una cámara y a miles de desconocidos.
Desde la salud mental, estos fenómenos no se miran con sarcasmo, se miran con preguntas.
¿Qué está pasando con una generación que necesita inventar nuevas formas de decir “acá estoy”?, ¿qué vacío estamos dejando como adultos?, ¿qué espacio real tienen hoy para hablar de angustia, confusión o soledad?
Vivimos en un país donde la depresión todavía se esconde, donde la ansiedad se minimiza y donde el suicidio adolescente incomoda tanto que preferimos no nombrarlo. La atención psicológica sigue siendo un privilegio. Las escuelas están desbordadas, las familias cansadas, los chicos hiperconectados y emocionalmente solos.
Pero cuando algo se vuelve viral, ahí sí opinamos todos.
No se trata de romantizar ni patologizar a los therians. Se trata de entender el contexto. Muchos adolescentes crecen hoy entre pantallas, presión social constante y una enorme dificultad para construir identidad. Buscan refugio donde pueden; comunidades virtuales, símbolos, personajes, etiquetas. No es una moda nueva. Es una respuesta nueva a un malestar viejo.
Mientras debatimos si esto es raro o exagerado, seguimos sin hablar de lo central: la salud mental en Paraguay no está en agenda. No hay políticas preventivas sostenidas. No hay suficientes profesionales en las escuelas, no hay campañas permanentes, no hay escucha estructural; hay memes.
Tal vez el verdadero problema no sea que algunos jóvenes se identifiquen con animales.
Tal vez el problema sea que, como sociedad, ya no sabemos qué hacer con el dolor que no entendemos.
Cuando terminé el café, los chicos seguían riendo. Yo pagué y me fui. Pensé que probablemente mañana ese video ya no exista, reemplazado por otro más extraño, más viral, más descartable.
Pero ellos sí van a seguir ahí, creciendo en un mundo que se ríe rápido…
y escucha cada vez menos.


