La sola mención del protagonista toca el alma de ese pueblo que ama lo suyo. Su vida y trayectoria hemos seguido casi en el curso de la historia de nuestro diario. Hoy su cuerpo está cansado, eso agrega mayor sensibilidad, su voz suena más especial que nunca, pero su arte es eterno: nos referimos a Quemil Yambay, ícono del folklore paraguayo.
Quemil representa la cultura popular. Es la imagen de una sociedad que goza su idioma, que valora su esencia, que vive al son de la misma naturaleza y el canto de sus distintos animales. Es el agradecido que nunca perdió ese porte de gente humilde pese a su gran impacto y fama como poeta, compositor, cantante y artista de trascendencia.
Su nombre está relacionado con un talento inigualable y único. No existe otro en su rubro que en plena actuación pueda imitar sonidos que salen de la ciudad y el campo. Su paso por el norte y sur, este y oeste del territorio deja un imborrable legado de la auténtica y genuina raza guaraní.
Quemil tiene un estilo inconfundible. Sus creaciones, la mayoría en el dulce idioma nativo, reflejan su amor por la tierra. Su peculiaridad está en cada compatriota que aprecia el contenido de su ADN. Con un recorrido insuperable, como baluarte del arte de más de 60 años, está posicionado como el eterno enamorado de su procedencia.
Él tradujo esa adoración a su querido Paraguay mostrando al mundo sus raíces, fomentando una característica y una personalidad, con orgullo, de ser de una tierra de mucho sol y de gente que canta su propia polca bajo el frondoso árbol al ritmo del tereré, sin ningún complejo ni dobleces.
Su repertorio, bien vasto, son obras de arte. Allí se explica su éxito. Es la marca propia del conjunto Los Alfonsinos. Algunas de sus canciones fueron: “Mokõi guyra’i”, “Lidia Mariana”, “Areko cuatro kuña”, “Aháta che nendive”, todas ellas, sin distinción, hilvanaron el sendero de su brillante carrera.
Otras grabaciones famosas fueron: “Ajupíta de presidente”, “Rohejáta che morena”, “Villarrica che ciudad”, “Río Paraguay”, “Serenata Catalínape”, “Pytumby ho'ávove”, “Iguainguingue icelosa”, “La suerte ñagueroko’ẽnte”, entre otros temas.
Difícilmente pueda aparecer uno que lo iguale con ese toques de humor y onomatopeyas de animales, con su propio sello. Definitivamente, él nació para hacer la trilogía entre la polca paraguaya, su sentido del humor y su habilidad exclusiva para sacar sonidos de la naturaleza y animales del campo.
El Paraguay –amigos de La Tribuna-- debe ponerse de pie para aplaudir el arte y la conexión de Quemil Yambay con el pueblo, uniendo sus propias experiencias ciudadanas que –hoy por hoy-- son en su conjunto un patrimonio nacional.










