Según la doctora Pamela Figueredo, psiquiatra de adultos e infantojuvenil, existen dos tipos de estrés: el eustrés, conocido como estrés bueno, y el distrés, que corresponde al estrés malo. Ambos se diferencian principalmente por su duración y el efecto que tienen en la vida de las personas.
La especialista explicó que el estrés bueno funciona como un impulso para actuar frente a situaciones que requieren esfuerzo o adaptación. En esos momentos, el cuerpo aumenta su nivel de energía, mejora la concentración y mantiene los sentidos más atentos para responder al desafío.
Este tipo de reacción puede aparecer antes de un examen, una presentación importante, el inicio de un trabajo o una mudanza. Aunque la persona sienta nervios o preocupación, estas sensaciones pueden ayudarla a prepararse y avanzar en lugar de quedarse paralizada. Para Figueredo, se trata de una respuesta que favorece la adaptación a los cambios y permite salir de la zona de confort.
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Además, la psiquiatra señaló que superar una situación que genera tensión puede producir una sensación de satisfacción y bienestar. Por eso, aclaró que sentir estrés en determinados momentos no significa necesariamente que exista un problema, ya que esta respuesta también cumple una función en la vida cotidiana.
SENSACIÓN DE ALERTA, UNA SEÑAL
Sin embargo, la situación cambia cuando la sensación de alerta se mantiene durante demasiado tiempo. La profesional indicó que el estrés malo suele prolongarse y aparece cuando las exigencias del entorno superan la capacidad de la persona para afrontarlas. Entre las situaciones que pueden favorecerlo mencionó los problemas económicos, los ambientes laborales tóxicos, las pérdidas y las enfermedades crónicas.
El distrés o estrés malo afecta la salud física y mental, genera ansiedad, preocupación, angustia, irritabilidad y constante presión. Físicamente, causa dolores de cabeza, insomnio, problemas digestivos y tensión muscular en cuello, espalda y hombros. Figueredo añadió que el estrés crónico altera el sistema inmunitario y favorece enfermedades recurrentes, por lo que insta a atender estas señales.
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Para diferenciar el estrés bueno del malo, se deben evaluar la duración del malestar y su impacto cotidiano. Aunque es normal sentir nervios antes de un desafío, la permanencia de síntomas como palpitaciones, fatiga, cefaleas o insomnio es una señal de alerta. Un nivel elevado de estrés también se manifiesta con irritabilidad, agotamiento al hablar, falta de concentración, anhedonia y aislamiento social.
Si estas señales afectan la rutina diaria, Figueredo recomendó descartar causas médicas con un profesional. Para reducir la tensión, sugirió hacer pausas, ejercicios de respiración y conversar con personas de confianza. Si el malestar persiste, aconsejó acudir a especialistas en salud mental, identificar los límites y atender los cambios físicos y emocionales permite actuar a tiempo para recuperar el equilibrio.


