Durante décadas, la industria deportiva encontró en el cuerpo femenino un recurso comercial infalible. Las transmisiones televisivas se acostumbraron a buscar a la hincha atractiva en las gradas del fútbol para rellenar los tiempos muertos, el boxeo hizo de las mujeres un decorado en traje de baño entre asaltos, y el automovilismo naturalizó a las promotoras como trofeos visuales en la zona de boxes.
El negocio siempre supo facturar con esa exhibición. Sin embargo, el reciente intento del club Sportivo Ameliano de imponer un código de vestimenta a la prensa, motivado por la presencia de una fotógrafa, desnuda una asimetría estructural. El entorno aplaude el atractivo de la mujer cuando decora el espectáculo, pero sufre un súbito ataque de pudor puritano cuando ella ingresa al terreno con una cámara en la mano para trabajar.
Basta observar la dinámica de cualquier estadio o recinto deportivo para entender la doble vara. Un periodista puede pasearse por los pasillos luciendo unas bermudas desgastadas o exhibiendo un abandono estético total, y el sistema lo asimila con la indulgencia que se le reserva al viejo oficio. Su autoridad jamás se mide por el largo del pantalón. En cambio, si una comunicadora cruza ese mismo umbral con una indumentaria ajustada, la informalidad deja de ser un descuido. Se transforma automáticamente en una afrenta a las buenas costumbres y en un motivo de alarma institucional.
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Esta moralidad selectiva no es un accidente. Responde a las reglas de un ecosistema mediático que, al verse obligado a abrir sus puertas a las mujeres, impuso un peaje silencioso. Las lógicas televisivas y publicitarias comenzaron a exigir a las mujeres un estándar visual que difumina la frontera entre la información y el entretenimiento puro. El mercado estructuró una aduana donde la imagen cotiza al alza. Exige el atractivo físico como requisito de acceso y, con una hipocresía fascinante, castiga después a la misma mujer por encajar exactamente en el molde mercantil que le demandaron en un principio.
Es un tablero diseñado con las cartas marcadas. Empujan a la mujer a mimetizarse con el espectáculo visual para ganar visibilidad y, una vez que logra la acreditación, le aplican un escrutinio feroz para cuestionar su capacidad. De este modo, las instituciones y el propio medio se reservan el monopolio del decoro, asegurándose de que la mujer viva bajo un régimen de sospecha permanente.
Comprender la perversión de esta dinámica es el primer paso para desactivarla. Resulta sintomático que, durante todo el estallido de este debate, nadie se haya detenido a observar las fotografías tomadas por la profesional involucrada. Fue mucho más fácil escudriñar su cuerpo que evaluar la calidad de su trabajo.
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Resulta inaceptable que una mujer deba demostrar una solvencia técnica incuestionable para justificar su simple presencia, mientras el sistema subsidia la mediocridad y la dejadez masculina. El verdadero triunfo no consiste en ser doblemente mejores para que nos perdonen la ropa. La equidad real llegará el día en que nuestro trabajo se mida con la misma regla y el escrutinio moral sobre nuestros cuerpos deje de ser el peaje obligatorio para pisar la cancha.


