Educadas para la morgue

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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Gretha Matiauda, Miss Universo Paraguay 2026.

Hay un adiestramiento silencioso que precede a todo feminicidio: la educación en la prudencia obligatoria. A las mujeres no nos educan para ser libres, aprendemos desde niñas que la vulnerabilidad es un fallo de cálculo propio, que hay que saber estirar la pollera a tiempo, amortiguar la risa y sostener una cortesía táctica frente a la amenaza. Nos vendieron la falacia de que la violencia se frena con modales, cargándonos en la espalda la responsabilidad de mantener intacta una vida que el Estado no garantiza.

En lo que va del año, Paraguay ya suma más de veinte víctimas fatales de feminicidio, una cifra sangrienta a la que en los últimos días se agregaron varios nombres más. Cada muerte irrumpe en las portadas con un despliegue de conmoción matutina, urgencia impostada y minutos de silencio protocolares. Sin embargo, la indignación colectiva dura apenas lo que tarda en aparecer el siguiente escándalo político. En cuanto el foco mediático se desplaza, la violencia machista regresa a su lugar habitual, la rutina impune de un país que se acostumbró a convivir con el espanto.

Este fenómeno no responde a un brote de locura individual ni a casos aislados de una mal llamada “pasión desmedida”. El feminicidio es el eslabón final y letal de una cadena que empieza mucho antes. Es el heredero directo de una cultura secular que moldeó el cuerpo femenino bajo una lógica de propiedad y tutela; una convicción atávica, transmitida de generación en generación, de que la vida de una mujer le pertenece al juicio o al deseo de un tercero. No es un problema contemporáneo, sino una vieja costumbre de dominación que se niega a morir.

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Ese peso histórico se traduce hoy en un adiestramiento sordo. Las mujeres no caminamos por la calle con la libertad de quien habita su propia vida, sino bajo la dictadura de una vigilancia preventiva. Ningún hombre sale de su casa calculando si su ropa es lo suficientemente discreta como para no merecer la muerte, ni monitorea el tono de su risa o el brillo de su maquillaje por temor a que la cortesía se interprete como una provocación.

Nosotras aprendemos desde temprano a cuidar lo que bebemos en el bar por miedo a que nos droguen y, en el “mejor de los casos solo nos violen”, a enviar la ubicación en tiempo real “por si acaso” y a sostener una amabilidad esquizofrénica ante el acoso para no herir el orgullo de un desconocido que podría reaccionar con sangre. Nos enseñaron a garantizar la comodidad del agresor antes que nuestra propia supervivencia.

Lo más perverso no es solo el terror con el que caminamos, sino el juicio moral que espera a la que no vuelve. Cuando una de nosotras falta, el tribunal social no indaga la mente del asesino; desmiembra a la víctima. Cuestionan su ropa, su cuerpo, la hora a la que caminaba, lo que tomó y su integridad, buscando afanosamente la falla que justifique su ejecución. Es la coartada perfecta de un país que se adorna con discursos de equidad mientras lleva en las venas un machismo rancio.

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Nos obligan a tramitar denuncias que terminan cajoneadas y a confiar en órdenes de restricción que no son más que papeles mojados. Nos exigen cumplir un protocolo burocrático que solo sirve para adornar estadísticas, mientras una sociedad anestesiada asiste a la sangría como si fuera un espectáculo lejano. Llámenlo por su nombre, esto no es un problema de seguridad ciudadana ni una lista de sucesos policiales para la sección de crónicas rojas. El feminicidio en Paraguay es una crisis de Estado y un crimen por omisión gubernamental.

Métanse las condolencias protocolares por donde les quepa. De nada le sirve un minuto de silencio a la mujer que gritó por ayuda en una comisaría antes de que le destrozaran la vida. El recuento de muertas en este país no es una fatalidad inevitable; es un exterminio tolerado por una justicia ciega y una sociedad cínica.

Hoy escribo con el estómago revuelto y la rabia de miles, por las que caminamos masticando el miedo, por las que nos quitaron a traición y por las que ya no tienen boca para gritar.

En este país nos educaron para la morgue, pero se les olvidó que las muertas no se van solas y que las que quedamos vivas ya no les tenemos miedo.

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