Opinion

El juego está arreglado

Por Natalia Olmedo

| Por La Tribuna
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Un alto ejecutivo cuida obsesivamente su peso, se viste de forma sugerente y soporta estoicamente las miradas condescendientes de sus jefas para conseguir un ascenso. La escena arranca carcajadas porque expone el ridículo de la cosificación, y es precisamente la trampa narrativa que utiliza la comedia “Las damas primero” para incomodar al espectador. Sin embargo, el chiste se agota rápido cuando la pantalla se apaga y el truco queda al descubierto: la película no inventó una distopía de ciencia ficción, simplemente obligó a los hombres a jugar bajo el mismo guion que se les impone a las mujeres a diario.

Ese reflejo cinematográfico desnuda una asimetría que rara vez se admite en voz alta. Pertenecer a este sistema no es solo una condición biológica, sino una negociación constante, un tira y afloje entre el intelecto probado y lo que el entorno espera consumir visualmente. Aunque el discurso corporativo asegura que el único camino válido es la preparación académica y el mérito, en la práctica emerge una regla paralela, mucho más silenciosa y brutal: el cuerpo también es parte del currículum.

Ante esta máxima injusta pero profundamente enraizada, surge una contradicción inevitable. Del mismo modo en que el protagonista de la sátira comprende a los golpes que su talento es invisible sin la sonrisa adecuada, las profesionales exigen respeto por lo que piensan y construyen, pero a menudo se ven empujadas a utilizar la moneda que el sistema valida con mayor rapidez. La imagen, la simpatía forzada y la complacencia a medida se convierten en herramientas de supervivencia. No por un repentino deseo de frivolidad, sino porque, pura y exclusivamente, el mecanismo funciona.

Allí nace un conflicto moral que el mundo laboral prefiere barrer bajo la alfombra. ¿Es condenable utilizar el único atajo que el tablero reconoce, o resulta de una ingenuidad casi suicida negarse a acatar las reglas de juego impuestas? La verdad es áspera y la ficción la retrata sin filtros; a menudo no alcanza con la excelencia. Existen espacios donde, para obtener el lugar que corresponde por capacidad, es obligatorio agradar, suavizar el tono y calcular cada gesto para no parecer una amenaza. Ceder ante esto no es un acto de empoderamiento; es un ejercicio crudo y desgastante de adaptación.

Se teoriza con demasiada ligereza sobre el supuesto privilegio estético, sugiriendo que las mujeres poseen armas de persuasión que los hombres ignoran. No obstante, se omite de forma deliberada el altísimo peaje que exige usarlas: la incomodidad perpetua y la culpa. Porque, al final del día, el laberinto está diseñado para que la banca siempre gane. Si se niegan a jugar, quedan excluidas por falta de “encanto”; si juegan, son estigmatizadas. Si avanzan por puro mérito, su talento es sometido a un escrutinio asfixiante, y si escalan utilizando su imagen, su capacidad intelectual es automáticamente invalidada.

La igualdad se reduce, entonces, a un discurso políticamente correcto pero operativamente estéril. Las dinámicas de poder siguen rigiéndose por normas hipócritas y asimétricas, mientras millones continúan caminando sobre esa línea precaria, tratando de ser tomadas en serio en una sociedad que todavía las examina dos veces: una por lo que hacen y otra por cómo se ven.

El debate ya no pasa por juzgar a quien utiliza esta maquinaria para avanzar. Cuando la sátira se apaga y el protagonista asume que no hay escapatoria a las reglas del tablero, la única certeza que sobrevive a los créditos nos golpea del lado de la realidad: porque, de este lado de la pantalla, el sistema sigue siendo exactamente el mismo.

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