¿Qué sé yo?

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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Urge practicar la humildad de admitir que no lo sabemos todo y resistir la tentación visceral de imponer a la fuerza nuestra visión del mundo.

El juzgamiento implacable se ha enquistado como la gran patología de nuestra época. Tanto en la hostilidad de la trinchera digital como en la crudeza del trato cotidiano, vivimos con el dedo en el gatillo, embriagados de superioridad moral y listos para ejecutar al prójimo ante su más mínimo resbalón.

Fue precisamente en el epicentro de esta asfixia colectiva, mientras intentaba descifrar el esquivo sentido de la felicidad frente a la rutina, cuando el peso del dolor resquebrajó mis certezas. La perspectiva mutó de golpe, comprendí que la arrogancia con la que condenamos a los demás es, en realidad, nuestra coraza más frágil.

Al buscar una salida a ese laberinto de linchamientos modernos, encontré el eco de una lucidez antigua que enfrentó el mismo veneno. Esa repulsión hacia el dogmatismo y la insensatez fue exactamente la que empujó al pensador francés Michel de Montaigne a aislarse en su torre.

Rodeado por la sangre y el fanatismo religioso de su tiempo, él formuló la interrogante definitiva para desarmar a los verdugos: “¿Qué sé yo?”. Lejos de erigirse como un juez implacable de sus detractores o dictar cátedra desde la soberbia, Montaigne concibió el ensayo como un bisturí para la autoexploración. A través de sus textos, sostuvo con agudeza que asumir la propia ignorancia y abrazar nuestra naturaleza inconstante no es una claudicación, sino el único cimiento posible para sostener una vida auténtica.

Hoy hemos cambiado las espadas por tribunales de bolsillo, pero el instinto inquisidor sigue intacto. Habitamos una torre diferente, una digital y algorítmica, diseñada para alimentar nuestros sesgos y castigar cualquier intento de matiz.

Vivimos atrapados en la tiranía de las verdades absolutas, donde escuchar al prójimo sin el cuchillo entre los dientes parece un acto de alta traición. El fanatismo, que antes se escudaba exclusivamente en lo divino, hoy es ideológico, estético y social; nos sumerge en un estado de indignación perpetua que devora la empatía.

Ante este escenario de trincheras, el legado de Montaigne deja de ser un simple refugio pasivo para convertirse en un llamado a la acción intelectual. Tenemos la obligación cívica de bajar de nuestras torres de soberbia construidas a base de linchamientos. Urge practicar la humildad de admitir que no lo sabemos todo y resistir la tentación visceral de imponer a la fuerza nuestra visión del mundo. Dudar, hoy en día, es un acto de rebeldía indispensable frente a la masa enfurecida.

Solo a través del reconocimiento sincero de nuestra falibilidad compartida podremos reconstruir los puentes quemados por la intolerancia. La convivencia democrática real exige entender que todos estamos rotos por algún lado y que nadie posee el monopolio de la virtud.

Por eso, la próxima vez que sienta la urgencia de juzgar, de cancelar o de destruir a alguien detrás de una pantalla, trague saliva, deténgase un segundo y pregúntese, como el sabio francés: “¿Qué sé yo?”.

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