Pero que se deje de joder. Vamos a volver y nos meteremos adentro. Como sea.
Nos lo merecemos aunque más no sea por esa semana de frenesí absoluto, donde la “pasión albirroja” —nunca mejor definida— estalló, floreció y se extendió a lo largo y ancho del país. Ricos y pobres, jóvenes y viejos, niños y abuelos; todos, absolutamente todos, deliramos al compás de la Albirroja. ¡Qué fiesta, señores!
Nunca viví algo así. Tan vistoso, tan compartido, tan contagioso, pese a que ya calzo largos años.
Era otro Paraguay.
No teníamos otro tema. Como nunca, la camiseta aparecía donde uno mirara. Banderas en los autos, camisetas en ventanas y balcones, conversaciones interminables sobre fútbol en cualquier lugar.
Los comentarios de la gente, los diarios, las radios, la televisión y las redes sociales; todos entusiasmados a raudales. Casi no había espacio para la mala onda, para la crítica destructiva o para las peleas de siempre.
Lo dicho: ¡qué vibración, señores!
Y fue entonces cuando me descubrí pensando algo curioso: quizás así debe ser el paraíso. Un lugar donde millones de personas empujan en la misma dirección, donde las sonrisas abundan y donde, aunque sea por un instante, todos sienten que pertenecen a algo más grande que ellos mismos.
¡Hasta que llegó el día!
Era algo fantástico. Desde la víspera ya todo había alcanzado aires de fiesta inminente. Cada conversación terminaba inevitablemente en el partido. Nunca nadie osó imaginarse lo que pasó.
Ahora nos quedamos estupefactos.
Nuestros ídolos parecían tortugas al lado de las águilas yanquis.
Pese a todo, mantengo la convicción de que nuestros jugadores son buenos. La diferencia estuvo en el estado físico. No podíamos alcanzarlos. Rotaban, abrían espacios sin problemas, subían y bajaban constantemente. Todos ellos. Águilas, ya lo dije.
Y eso, sumado a habilidades con el balón que también las tienen, fue un cóctel explosivo que nos pasó por encima.
Si hasta se dieron el gusto —claro, el técnico es un curepí, aquel que nos metió un gol con la mano en una eliminatoria— de guardar a algunos de sus jugadores claves en un gesto de infame “misericordia”.
Escuché a muchos “analistas de la debacle” decir que el problema físico de nuestra gente viene de lejos. Puede ser. O puede que no. Después de una derrota siempre aparecen explicaciones para todos los gustos.
Lo que sí se impone ahora es que el cazador de utopías y sus muchachos levanten la cabeza ante el todo o nada de los próximos partidos.
A demostrar que la furia albirroja, aquella que clasificó brillantemente y nos hizo soñar despiertos, no fue un accidente.
Porque hay derrotas que destruyen y derrotas que enseñan. Y esta, por dolorosa que resulte, debería pertenecer a la segunda categoría.
Bajará un poco la emoción en el próximo partido. Es inevitable.
Pero el corazón de todos sigue con la remera albirroja puesta.
Y eso no es poca cosa.
Y dejémoslo sorprendido a nuestro señor San Pedro cuando nos vea llegar intactos y orondos, reclamando nuestro lugar entre los grandes del fútbol mundial.
Que no crea que porque nos cerró una puerta vamos a quedarnos llorando en la vereda.
Los paraguayos solemos ser bastante tercos para abandonar los sueños.
Por eso volveremos a golpear.
Y esta vez, tendrá que dejarnos pasar…










