“Orquídeas para uno hombre solo”: donde uno solo actuó con altura

La nueva obra del reconocido dramaturgo Agustín Núñez subió a las tablas con una historia sensible, pero las actuaciones marcaron un fuerte contraste de profesionalismo escénico.

| Por Edson Vázquez
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“Orquídeas para uno hombre solo” de Agustín Núñez seguirá en cartelera hasta el próximo fin de semana. GENTILEZA.

“Orquídeas para un hombre solo” es la nueva obra teatral que presentó Núñez el pasado viernes en Espacio E, un espacio -como lo dice su nombre- que sirve de punto de encuentro en el microcentro asunceno para las propuestas escénicas que se sostienen en el trabajo comunitario y autogestionado.

A sala llena, la obra inició poco después de las nueve de la noche. Agustín interrumpió en el patio del lugar para anunciar la apertura de la sala que con mucho esmero y delicadeza fue adecuada para la obra que seguirá con sus presentaciones hasta el próximo fin de semana, a no ser que el público pida más día de funciones.

Una historia de aprendizajes

La trama relata la historia de Manuel y Homero. Manuel es un joven temperamental que dedica su vida al diseño gráfico. Con 27 años y una novia a quien ama, presenta un particular interés en Homero, un hombre quizá de 50 años, quien se dedica a enseñar alguna materia relacionada al arte pero desde la modalidad virtual. Homero vive solo, en un departamento posiblemente ubicado en Asunción.

Con “la juventud acumulada” como lo dice al inicio de su parlamento, aprendió habitar su soledad en la comodidad de su depto en donde hace ejercicios físicos, pinta, hace yoga y mira puestas de sol en su balcón.

Manuel, por su parte, lleva un ritmo más acelerado, con clientes a quienes responde a cualquier hora del día y una vida aparentemente sedentaria.

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Armoniosa escenografía

La delicadeza del director en cuidar los detalles de la escenografía es comprobable. En un reducido espacio para una gran historia, Agustín -y todo su equipo técnico- supo recrear y hacernos sentir en dos espacios diferentes: uno, en el departamento de Homero, con sus espacios artísticos, su escritorio de trabajo y su sala, distribuidos en una tarima elevada y parte y la zona lateral derecha del escenario. El otro, el de Manu, hacia la parte lateral izquierda, con algunos libros en un mueble, su mesa en donde se desparraman su computadora, su bolso y otras cosas.

El manejo sonoro y lumínico no son dignos de reproches. Cada transición escénica, cada emoción, fue acompañada con la atenta mirada de Martín Pizzichini en la iluminación. Mismo profesionalismo lo tuvo Anna Wickzén en el sonido.

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El contraste

Manu, estuvo interpretado por David Vázquez, mientras que Homero estuvo encarnado por Joaquín Díaz Sacco. El segundo, con años de carrera sobre las tablas, se destacó por un logrado acento paraguayo equilibrado entre lo formal, amable y popular. Su andar despreocupado y suelto en el escenario transmitió la sabiduría de su personaje: un hombre maduro dispuesto a experimentar emociones, dentro de sus limitaciones conservadoras.

Vázquez, por su parte, tuvo una deficiente dicción de principio a fin, con algunas excepciones en donde el diálogo lo obligaba a gritar. La falta de articulación en ciertas palabras impedía entender su parlamento. La rigidez de sus movimientos, la escasa proyección de su voz y una limitada capacidad para interpretar llantos y sollozos, marcaron el fuerte contraste con lo que Díaz Sacco logró con su personaje.

Delicadeza y detalles

Es importante destacar que la pieza es apta exclusivamente para mayores de 18 años, debido a las escenas intimistas que propone; pasajes que fueron puntillosamente cuidados por el director. La iluminación roja, el humo, la oscuridad y la escenografía conformaron una conjunción de elementos que dio como resultado un trabajo digno de aplauso, como la mayoría de los que realiza Agustín.

Más allá de la notable diferencia en la calidad actoral de sus protagonistas, la obra invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, la moralidad, las premisas arcaicas que marca la sociedad conservadora y la necesidad de aprender a vivir los vínculos afectivos desde la honestidad y el respeto.

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