La violencia económica sigue siendo una de las formas menos visibles de agresión contra la mujer. Especialistas advierten que este tipo de control financiero limita la autonomía, profundiza la dependencia y deteriora la salud mental de las víctimas.
Un tipo de violencia que opera desde el control del dinero
Cada 25 de noviembre se recuerda el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y en ese contexto, profesionales insisten en poner foco en una de las formas más invisibilizadas de agresión: la violencia económica. Este tipo de maltrato implica la privación intencionada e injustificada de recursos esenciales para la mujer o para quienes dependen de ella. Supone también una manipulación constante ligada al dinero, que afecta la autonomía y condiciona cualquier tipo de decisión personal que pueda tomar la mujer.
La licenciada Beatriz Viveros, profesional de salud mental de la Policlínica Mariscal López del Instituto de Previsión Social, explicó que la violencia económica “es una forma de control y manipulación para generar dependencia financiera y limitar la autonomía de la víctima”. Según la especialista, este tipo de abuso se manifiesta mediante acciones reiteradas con la finalidad de impedir que la mujer administre sus propios recursos o acceda a ellos.
Entre las conductas más habituales se encuentran el control estricto de ingresos y gastos y esto incluye cuentas bancarias y tarjetas, el impedimento para acceder al empleo o a estudios que permitan independencia económica, y la retención de recursos destinados a necesidades básicas. A esto se suma la exclusión total de decisiones financieras del hogar y la apropiación directa de los ingresos de la mujer, incluso obligándola a asumir deudas que ella no contrajo.
Señales de alerta
Detectar la violencia económica implica observar cambios en el día a día, algunas señales frecuentes incluyen tener que pedir permiso para cualquier gasto personal o familiar, desconocer los ingresos reales de la pareja mientras él controla los suyos, y experimentar aislamiento social impuesto por el agresor. En muchos casos aparecen sentimientos de culpa o vergüenza vinculados al uso del dinero, además de justificar la falta de acceso con frases normalizadas como “él gana más” o “es su dinero”.
Las consecuencias afectan tanto la vida social como el estado emocional de la víctima
El aislamiento, según Viveros, debilita la red de apoyo, lo que aumenta la vulnerabilidad. En lo psicológico, la violencia económica deteriora la autoestima, genera inseguridad y se vincula a trastornos como ansiedad, depresión o estrés postraumático. En situaciones extremas, puede desencadenar autolesiones o ideación suicida.
La especialista insistió en que reconocer estas señales es clave para activar redes de apoyo y buscar orientación profesional. Recordó además la importancia de recurrir a los servicios disponibles, como la línea 137, en casos en que el control financiero forme parte de un patrón de violencia más amplio.
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