La ribera de San Bernardino fue testigo de una propuesta cromática que marcó tendencia en Casa Corona. El ambiente, lejos de los tonos tradicionalmente asociados al verano, se tiñó con una paleta inspirada directamente en la naturaleza, ya que los marrones, negros profundos y terracotas dominaron el paisaje urbano mezclándose con el entorno.
Los atuendos, en esta gama de colores tierra, demostraron una búsqueda de armonía con el ambiente, con siluetas fluidas. Los tejidos ligeros en estos tonos lograron una integración notable con la textura de las piedras del lugar y la cálida penumbra de la noche, generando una atmósfera acorde entre el paisaje y los looks.
Esta manifestación de moda priorizó la comodidad sin sacrificar la intención estética, convirtiendo el vestuario en una extensión natural. La paleta terrosa, en su variedad de matices, se estableció como el código no verbal del encuentro, ofreciendo una alternativa cálida a las propuestas cromáticas más convencionales para la temporada.
0 of 9











