Quince días antes de casarse, Marcelo Pecci compartió una noche sencilla con sus amigos más cercanos. Pizza, cerveza y conversaciones largas en la casa de Luis Piñánez. La reunión no tenía solemnidad, apenas el tono íntimo de quienes habían atravesado juntos años de trabajo, miedo y resistencia.
Antes de despedirse, decidieron tomarse una selfie “para recordar el momento”. Nadie imaginó que aquella fotografía terminaría convirtiéndose en una de las últimas imágenes del fiscal junto a Sara Torres y Piñánez, el grupo que en Santa Rosa del Aguaray llegó a ser conocido como “los tres mosqueteros”.
Cuatro años después del asesinato de Pecci en Colombia, Torres reconstruye una imagen distinta a la del investigador implacable que quedó instalada públicamente. Habla de un hombre profundamente humano, divertido, extremadamente leal y convencido de que la justicia no podía negociarse.
“Él vivía la justicia”, resume la fiscal al recordar los años que compartieron desde su ingreso al Ministerio Público en septiembre de 2009.
Santa Rosa, el origen de una convicción
La historia entre Torres, Pecci y Piñánez comenzó cuando fueron enviados a Santa Rosa del Aguaray, en San Pedro, una de las zonas más complejas del país en aquel entonces. Jóvenes, recién juramentados y provenientes de Asunción, debieron enfrentar una fiscalía cuestionada y bajo constantes presiones.
Torres recuerda que el desafío no era solamente profesional. También debían ganarse la confianza de una comunidad que observaba con desconfianza a los fiscales llegados desde la capital.
En ese escenario, Pecci asumió la recién creada Fiscalía de Delitos Ambientales. Desde el inicio dejó en claro que no estaba dispuesto a ceder ante intereses políticos o económicos. “Había gente que no le quería porque él no dudaba”, recuerda Torres.
El fiscal que veía más allá del expediente
Torres describe a Pecci como un hombre metódico y obsesivo con su trabajo. Organizaba procedimientos con mapas, anotaciones y estrategias minuciosas. Sin embargo, detrás de esa estructura había también una profunda sensibilidad social.
La fiscal recuerda que fue Pecci quien impulsó la creación del primer Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santa Rosa del Aguaray y también del primer laboratorio criminalístico de San Pedro.
“No veía solamente el expediente. Veía las necesidades de la gente”, afirma.
Con el paso de los años, Pecci se convirtió en una figura incómoda para estructuras criminales. Según Torres, ni él ni sus compañeros aceptaban presiones o negociaciones irregulares.
Ya dentro de las unidades especializadas contra el crimen organizado, Pecci comenzó incluso a proteger a su círculo más cercano evitando hablar sobre las investigaciones que llevaba adelante. “Nos cuidaba. Entendía perfectamente el riesgo”, sostiene.
El duelo que cambió la manera de ejercer la Fiscalía
La muerte de Marcelo Pecci también modificó la manera en que muchos fiscales entendieron el ejercicio de la profesión y los riesgos asociados a determinadas investigaciones.
Según explica, las amenazas y situaciones de riesgo comenzaron a tomarse con mayor seriedad y muchos agentes fiscales modificaron hábitos cotidianos, formas de exposición pública e incluso la manera de relacionarse con determinados casos.
Una memoria que sigue viva
Para Sara Torres, el mayor legado de Marcelo Pecci fue demostrar que se podía ejercer la justicia con honestidad en Paraguay. Pero insiste en que su memoria no puede limitarse únicamente a homenajes protocolares o recordatorios esporádicos.
Y concluye con una reflexión atravesada por la amistad y el dolor que todavía acompaña a quienes compartieron su vida: “No podemos ser tan mal agradecidos con él”.


