El tren pasaba a determinadas horas por lo que hoy es la periferia de Asunción y, cada vez que aparecía, todo se detenía alrededor.
Para muchos de nosotros, el tren no era solo un medio de transporte. Yo imaginaba un mundo fantástico al verlo pasar, porque lamentablemente nunca pude subir a uno. Sin embargo, detenía mi caminar solo para espiar su interior. Había vagones que parecían de primera clase: lujosos, bien ornamentados, con paredes forradas de terciopelo rojo y gente elegante. En los siguientes, la calidad descendía un poco, pero siempre con un nivel excepcional. Y finalmente estaba, probablemente, la tercera clase, donde viajaba el pueblo, en un bullicioso conglomerado de gente.
Las estaciones eran centros de reunión, puntos de encuentro social, lugares donde se cruzaban despedidas, regresos y sueños. Hoy muchas de ellas siguen en pie, nostálgicas y hermosas, hablando en silencio de vidas vividas y de un país que alguna vez creyó profundamente en el progreso.
Con el tiempo, viví con mucha pena la decadencia. Hasta hace no tanto, al circular por las antiguas vías, se me aparecía la imagen del tren corriendo sobre ellas. El ferrocarril —el primero en toda Sudamérica— fue algo extraordinario, un sueño fantástico que, como tantas otras cosas en este país, fue destruido por la miserable Guerra de la Triple Alianza. Una herida histórica que no solo arrasó infraestructura, sino también proyectos, identidad y futuro. Os irmãos brasileños nos deben aún ese genocidio.
Más cerca en el tiempo, otro sueño volvió a encender esperanzas: el Metrobús. Muchísima gente creyó en ese gran proyecto y vio en él una salida concreta al drama cotidiano del transporte público. Pero el necio revanchismo político lo truncó, dejando frustración y descreimiento.
Hoy vuelve a hablarse del tren. No como una nostalgia vacía, sino como una posibilidad real. Un tren moderno, eficiente, como los que existen en Japón o Corea, recorriendo la antigua trocha y deteniéndose en estaciones restauradas, pero conservadas. Un tren de cercanías que ayude a descomprimir el caos del transporte metropolitano y devuelva dignidad al traslado diario.
No será sencillo. Habrá objeciones, intereses creados y resistencias. Pero si esta vez se logra concretar, no será solo una obra de infraestructura. Será un homenaje a nuestros padres y abuelos, quienes escucharon el pitido, vieron el humo blanco y sintieron el traqueteo de las locomotoras como señal de futuro.
El presidente habla a menudo del “despertar de un gigante”. Este emprendimiento puede ser un paso fantástico en ese sentido. Es cierto: ya no volverán el pitido agudo ni la torre de vapor blanco. Será apenas el siseo casi imperceptible de modernas locomotoras eléctricas, que pasarán como un relámpago. Pero también serán un homenaje a sus antepasados opulentos, aquellos que marcaron presencia en esas vías y llevaron, en vagones lujosos, a nuestros padres y abuelos con una sonrisa de satisfacción dibujada en el rostro.


