Opinión

Gorilas

No quiero arrancar el año con mala onda. De verdad. Uno empieza enero con el deseo de que las cosas mejoren, que los problemas aflojen un poco, que h…

| Por Christian Torres
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No quiero arrancar el año con mala onda. De verdad. Uno empieza enero con el deseo de que las cosas mejoren, que los problemas aflojen un poco, que haya paz en la casa y algo más de plata en el bolsillo. Pero, claro, como dice el axioma… “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Y el dicho, en este caso, es escribir  algo que quizás no caiga bien: el gorilismo sindical que afloró tras la reunión de los “capos” docentes con los miembros de la comisión permanente del Congreso.

No sé si vieron las imágenes en la tradicional encerrona periodística que siguió a la reunión. Parecía una escena de esas películas argentinas de antes, donde el sindicato mandaba más que el gobierno.

Allí estaban, como siempre, los inefables. Silvio Piris, por ejemplo, que —según me contaron— llegó a decir: “¡Pasarán sobre mi cadáver antes de aprobar esto!”, hablando de la propuesta jubilatoria. Y Gabriel Espínola, que si no lo vi reventar de rabia mientras hablaba Piris, no le faltó mucho. Se le notaba la ansiedad por agarrar el micrófono y soltar su propio repertorio de amenazas, frases hechas y acusaciones grandilocuentes.

Claro, en la conferencia de prensa compitieron a ver quién era más duro, quién insultaba más al Gobierno, quien se llevaba el título de "más combativo". Porque de eso viven, del eterno papel de víctima que no negocia, solo impone.

Los legisladores —salvo Rocío Vallejo— quedaron pintados. No manejaban a fondo el tema, no tenían los números, ni una postura clara. Y como suele pasar, terminaron aceptando lo que los sindicalistas les ordenaron: presentar un nuevo proyecto en un mes, adaptado a sus exigencias. Y bueno.

Esto me hace acordar a los “gorilas” del viejo sindicalismo peronista en Argentina. Moyano y compañía. Los que terminaron por arrastrar a su país a la catástrofe económica, bloqueando cualquier intento de reforma, cuidando su quinta como si el Estado les perteneciera. ¿El resultado? Inflación desbocada, escuelas cayéndose a pedazos y generaciones enteras atrapadas en el atraso.

Francamente, no creo que sigamos ese camino. Las cosas han cambiado, aunque no sé si para mejor…

Yo no tengo nada contra el reclamo justo. Es más: lo entiendo. Las carencias económicas son reales. La clase media y la clase trabajadora están pasándola mal. No hay discusión ahí. Pero decir que “el Estado debe pagar todo” como si Papá Noel manejara Hacienda, no es serio.

Y sí, ya sé. “Pero la corrupción…” me van a decir. Claro que existe. Y hay que seguir luchando para erradicarla. Pero ni los países más avanzados lograron eliminarla por completo. Es una batalla constante, y usarla como excusa para no hacer nada, no sirve.

Lo cierto es que no hay plata para todo. Así de simple. No se puede prometer el cielo sin tener cómo pagarlo.  Ahora, viendo el ejemplo de los docentes, ya se están preparando también las enfermeras, los sindicatos de salud, todos. ¿Quién no quiere conseguir más? El problema es que no hay de dónde sacar. No ahora, al menos.

No digo todo esto para enemistarse con los trabajadores, sino para advertir sobre el riesgo de dejar que los mismos de siempre monopolicen la agenda. El sindicalismo no puede ser una guarida de rostros duros, vociferantes, que se niegan al diálogo. Tiene que evolucionar. Ser puente y dar paso a generaciones jóvenes.

El sindicalismo moderno no puede vivir en el ring. Tiene que sentarse a la mesa, escuchar, ceder cuando corresponda y exigir cuando haya fundamentos. Porque la dignidad también está en saber negociar, no solo en gritar. No todo reclamo es justo solo por sonar fuerte. Y no todo acuerdo es claudicación.

Hoy más que nunca necesitamos dirigentes gremiales con capacidad de negociación, que comprendan el toma y daca, que entiendan que si se patea la olla con furia no queda comida para nadie.

Pero no quiero terminar con amargura. No estaría bien. Conozco muchos docentes honestos, entregados, que también están cansados de estos representantes eternos que no los representan. Hay sindicalistas jóvenes, nuevos, más abiertos, más empáticos. Hay espacio para el cambio. Hay tiempo para hacerlo mejor. Hay que darles un diploma a estos y hacerles lugar a ellos.

El país está lejos de ser perfecto, pero también está lejos de estar perdido. Solo hace falta que algunos dejen de gritar un rato en esta materia, escuchen ... Y entiendan los requerimientos para poner orden en las cosas de una vez por todas.

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