Santiago Peña inauguró un nuevo canal de comunicación con la ciudadanía. Un podcast denominado “Paraguay, adelante” que estrenó una edición de fin de año con un interesante formato: una charla abierta, cara a cara con un grupo de periodistas, sin guion ni restricciones, grabada y luego difundida sin edición.
El presidente lo dejó muy en claro desde el principio: no habría preguntas vetadas, ni temas incómodos esquivados. Y cumplió. Tan seguro estaba de su apertura que convocó a un grupo numeroso de comunicadores conocidos por su tono belicoso, incisivo, incluso hostil, cuando las circunstancias lo ameritan.
Sin embargo, pasó algo curioso. Los periodistas, que no iban a ir si existía la más mínima cortapisa, se encontraron con un Peña distendido, sonriente, dueño de sus tiempos, y eso —a mi parecer— los desarmó un poco.
La esperada competencia por ver quién hacía la pregunta más punzante, el golpe más duro, se diluyó. No fue una entrevista complaciente, ni mucho menos. Hubo cuestionamientos serios, momentos incómodos, y algunas respuestas que dejaron al jefe de Estado algo ruborizado. Pero hubo también algo poco frecuente: respeto mutuo.
Eso bastó para que se alzaran voces quejándose del formato y de lo que dijo Santi, mostrándose complacido por la mecánica del programa, acusándolo de desmedro a la labor de los colegas acreditados en el Palacio. ¿En serio? ¿Eso es lo que molesta?
Si el método que suelen imponer en las encerronas del Palacio es la pregunta repetida hasta la extenuación, sin escuchar la respuesta, sin posibilidad de matices ni diálogo, entonces, el calavera no chilla.
Los colegas que participaron del podcast –imagínense: Vargas Peña, Germán Martínez, “Santula”, J. Torres y nada menos que Camilo Soares– no fueron flojos ni condescendientes. Preguntaron de todo, opinaron, y en más de una ocasión lo pusieron contra las cuerdas. Pero —y esto es importante— sin necesidad de gritar, interrumpir o competir entre ellos.
Hay formas y formas de ejercer el periodismo. No soy quién para dar cátedra, pero una cosa es ser incisivo, y otra muy distinta, ser agresivo o arrogante. El periodismo es amplio y diverso, pero no deberíamos sentirnos agraviados por el simple hecho de que alguien note y exprese esas diferencias.
Avanti, pero a bancarse también la crítica.
En otras épocas, entrar al Palacio era caminar por un campo minado. Ninguna respuesta, salvo la gacetilla oficial. Solo los bendecidos por el régimen podían deslizar una que otra pregunta “benigna”, que sería respondida por interpósita persona… semanas después.
En el Congreso pasaba algo parecido. La cobertura parlamentaria era un decorado: las huestes stronistas eran soberbias, turbias y se sentían —y eran— dueñas de la verdad, la vida y los milagros. Los medios de comunicación también.
Pocos aprendieron lentamente a apartarse de la línea marcada, y lo pagaron carísimo. Stroessner fue invitado por Zuccolillo a la inauguración de ABC Color, el mismo diario que lo enfrentaría décadas después hasta su caída.
El periodismo paraguayo —con sus batallas, miserias y conquistas— ha venido acompañando la historia del país. Y hoy, en este tiempo de códigos alterados y medios transformados, sigue debatiendo su identidad.
Pero hay algo que nunca cambia: la educación, el trabajo tesonero, la información previa y una pizca de valentía siguen siendo imprescindibles para ejercer bien esta profesión.
No el que grita más fuerte, ni el que interrumpe a sus colegas, ni el que sigue al pie de la letra el libreto del medio al que pertenece es el “mejor periodista”.
Esa no es valentía. Es ruido. Y llevar nueces a la canasta del patrón.

