El título puede sonar engañoso. Lo admito. El comentario no es realmente sobre la esposa de Marset, lo uso solamente para generar interés del lector. (Además, seamos sinceros: yo no soy un periodista valiente…, le tengo mucho miedo al marido).
Lo que quiero retratar es algo mucho más amplio y tristemente típico de nuestras cárceles, esos mundos paralelos donde todo puede ocurrir —y de hecho ocurre— a plena vista de los guardiacárceles. La vigilancia formal en los penales existe solo en segunda instancia. Porque los “acuerdos” y los “permisos” primero se tramitan (en primera instancia) allá arriba, en la oficina de los popes que se quedan con la parte del león. A los de abajo, a los cabecitas negras de siempre (disculpas por el término) les tocan las migajas… y los riesgos. Riesgos de represalias violentas, sangrientas, si no se cumple lo pactado.
En Tacumbú están los guardiacárceles. En Viñas Cué están los militares. ¿Uno pensaría que eso implica más seriedad? No. Son, si se me permite, un poquito peores. Lo de Giannina es apenas una muestra. Para matar el techaga’u de su marido, o quizás por puro aburrimiento, fumaba marihuana en sus ratos libres. De pronto se “descompensaba”, la llevaban al médico y volvía cero kilómetro, como nueva. ¿Por qué? Porque no estaba enferma. Estaba volada. Volada por la marihuana.
También tenía un celular, que alguna “alma caritativa” le facilitó tiempo atrás. Con ese celular llegó incluso a grabar un podcast donde relataba las condiciones de su encierro. Todo muy de película. Pero nada fuera de lo común en un país donde en todas las cárceles pasa de todo. Tal vez lo picante del caso es que los custodios eran militares y ella no es cualquier reclusa: está casada con uno de los narcos más peligrosos del continente, buscado en toda Latinoamérica, señalado incluso por el presidente Petro como el mandante del asesinato del fiscal Pecci. Nada menos.
Y uno se pregunta: si fue tan fácil conseguir un celular… ¿qué hubiera pasado si, en lugar de eso, le pasaban un arma?
Tacumbú, por entonces, era un lugar sórdido. Como una gran serpiente que devoraba seres grises y había crecido monstruosamente durante la era de Abdo. El amo y señor del penal era el “señor Rotela”. Nadie entraba ni salía sin su venia.
Cuando asumió Santi —recién estrenado en el cargo— intentó ponerle el cascabel al gato con el operativo “Veneratio”. Y lo logró. La policía, la milicia, todos entraron a sangre y fuego. Sacaron de los pelos al capo del penal. Lo que pudo haber sido un baño de sangre tremendo, un desastre político para un gobierno que recién nacía, fue evitado. Un logro enorme. Se celebró en todos los rincones.
Pero el tiempo pasa. Y las aguas, lentamente, vuelven a su cauce anterior.
Lo de Giannina es apenas un indicio.
Cada tanto se hacen requisas. Y siempre, siempre, encuentran algo. Cuchillos, estoques, caña, celulares, armas de fuego, celdas VIP superequipadas. Lo que se te ocurra. En mis largos años de periodismo, no recuerdo una sola requisa que haya terminado con el hallazgo de nada.
Entonces, uno se pregunta: ¿qué diablos son estas cárceles? ¿Escuelas del crimen? ¿Fábricas de violencia? ¿O depósitos humanos donde la redención es apenas un discurso vacío?
No quiero entrar —y no voy a entrar— en esa paja mental de la reinserción social, que aquí nunca funcionó. Se construyeron penales nuevos, enormes, modernos. Cascarones inútiles que repiten el horror de los anteriores.
Y la verdad es que nadie —ni el gobierno, ni los partidos, ni la prensa, ni la ciudadanía— tiene tiempo ni ganas de pensar en los presos, habiendo tantas urgencias en la agitada vida cotidiana.
¿La solución? No la tengo. Pero sí tengo una idea: trabajo. Trabajo a rajatabla. Estancias de la patria, granjas penitenciarias, lo que sea. Pero que produzcan, aunque más no sea sus propios alimentos. Que trabajen. Porque, como decía mi padre: el ocio, el estar tekorei, es la madre de todos los vicios.
Y en nuestras cárceles, sobra tiempo…


