La reciente precisión doctrinal del Vaticano sobre el rol de la Virgen María, afirmando que no es “corredentora” y que el único redentor es Cristo, cayó como un baldazo de agua fría en el corazón mariano del Paraguay.
No porque la verdad haya cambiado, sino porque la forma de decirlo dejó herida la fe sencilla, la que camina, la que reza, la que no discute teologías: la fe que ama.
Cuando escuché la noticia, lo primero que pensé fue: ¿Entonces Ella ya no es más milagrosa? Y no lo pensé desde un tratado teológico, sino desde la memoria viva de mi propia historia.
Yo crecí acompañando a mis padres en las peregrinaciones del 8 de diciembre. Más tarde, con mis compañeros de colegio caminábamos los 54 kilómetros desde Asunción hasta su Santuario en Caacupé.
Llegábamos con los pies llagados, exhaustos, pero felices. Felices de cumplirle a la Virgencita Azul de los Milagros. Esa caminata no era deporte ni turismo espiritual: era amor. Era promesa. Era encuentro.
Por eso esta aclaración dolió. No porque no sepamos que el único redentor es Cristo, porque siempre lo supimos. Siempre entendimos —aunque no pudiéramos explicarlo con palabras de Catecismo— que María obra milagros pidiéndole a su hijo.
Que su poder es el del amor materno, el de la intercesión, el del abrazo que conduce a Jesús. Lo sabíamos. Siempre lo supimos. Entonces, ¿por qué había que buscarle cinco patas al gato?
La fe del pueblo es sencilla, pero no es ingenua. Y cuando se toca lo que sostiene al corazón, duele. Lo único que consiguió la aclaración fue generar confusión, enojo y tristeza en millones de creyentes que jamás pretendieron poner a María por encima de Cristo.
Al contrario: María siempre fue camino hacia Él. Y no hablo de poca gente. Hablo de medio mundo católico. En América Latina, la devoción mariana es columna vertebral de la fe:
Nuestra Señora de Guadalupe recibe cada 12 de diciembre más de 10 millones de peregrinos en México.
En Brasil, Nuestra Señora de Aparecida, convoca 12 millones de fieles al año.
Por su parte, Nuestra Señora de Luján, en Argentina, atrae 7 millones de personas en peregrinaciones y visitas anuales.
En Paraguay, la Virgen de Caacupé mueve cerca de 4 millones de fieles durante todo diciembre y la fiesta del 8, donde 1,5 millones de paraguayos participan de la misa central.
La mitad del país. La mitad del país caminando detrás de una Madre. Eso no se explica. Se siente. Y así como la fe es sencilla, también lo son sus historias:
El indiecito José estaba rodeado por enemigos y se escondió detrás de un tronco. En su miedo, le prometió a la Virgen que, si lo salvaba, le tallaría su imagen de la misma madera que lo protegía.
Fue salvado. Y cumplió. Así nació la Virgen de los Milagros de Caacupé. En Brasil, Aparecida apareció flotando en un río, hallada por pescadores pobres.
En México, la Virgen dejó su imagen impresa en una “tilma de fibra de maguey”, inexplicable hasta hoy. No necesitamos que nos expliquen quién es María.
La conocemos porque la hemos amado toda la vida. Pasada la confusión, el pueblo paraguayo seguirá peregrinando, seguirá encendiendo velas, seguirá rezando “Che sy, che tupãsy, la Virgen Caacupé”.
Porque María no es una idea: es relación, es compañía, es refugio. Ella es y seguirá siendo la Madre que nos toma de la mano y nos lleva hasta su Hijo. Y el 8 de diciembre volveremos a cantar, como siempre, con los pies cansados y el alma llena: “Es tu pueblo, Virgen pura, que te da su amor y fe…”


