Parece un tema nimio. Pero no lo es. Y creo que es la clave del éxito de Alfaro al frente de la selección paraguaya. Nunca nadie lo logró, y eran buenos. Pasaron técnicos de todo tipo, pero fracaso tras fracaso quedamos fuera de varios mundiales. Parecía que todo estaba perdido. Pero llegó este señor y logró un éxito resonante, inusitado, increíble, casi místico, que persiste incluso al punto en que algunos creen que seremos capaces ¡de ganar la Copa del Mundo! No solo participar, sino ser protagonistas. Argentina y Brasil no andan tan bien, los grandes europeos tampoco; pero claro, son potencias, con mucho dinero, peligrosas siempre.
Pero ¿por qué Alfaro logró el milagro que los otros no?
Me disculpan los peloteros, como los calificaba el inolvidable “Ñoca” Getulio Arrúa Vinader, en la época de oro de Radio Primero de Marzo. Es que este fenómeno del éxito de Alfaro trasciende largamente lo meramente futbolístico. Claro que también pesa, pero lo que no entendieron los predecesores de Alfaro es que había que ver el modo de despertar “al gigante dormido” del que habla Santi.
Ese espíritu de los guerreros de la Guerra Grande, que lucharon con alma y vida, mataron y murieron sin problema, llevados por la furia contra los “cambá”, porque los argentinos y uruguayos casi no contaron.
Lo de Curupayty no puede olvidarse jamás. Aniquilaron a 5.000 aliados y solamente murieron 300 paraguayos. ¿Dónde se ha visto una batalla como esa? El Gral. Eduvigis Díaz, en persona, encabezaba las cargas; le mataron tres veces a su caballo y montaba otro y volvía al frente, según está plasmado en las memorias de Juan Crisóstomo Centurión. Una bravura infernal. Solamente la mano de obra esclava, la tremenda disposición de carne de cañón de que disponían los condes brasileños y el dinero de los petroleros hicieron que ganaran la guerra. Paraguay estaba exterminado. ¡Pero volvió a nacer! ¿Quién lo creería? Ni los más optimistas.
Y, poco tiempo después, se produjo la aventura bélica de Bolivia, que quería anexar el Chaco. Otra guerra inmensa, terrible, donde se luchaba contra la sed, el calor, las alimañas y las balas. Las historias de heroísmo de los paraguayos son incontables: desde “Yacaré Valija”, hasta las mujeres disfrazadas de guerreros para morir con sus hombres, una cosa nunca vista.
Después hubo revoluciones, donde el paraguayo demostró que podía matar con saña a otro paraguayo que estaba en la vereda de enfrente. Y sucesos violentos más recientes, como el famoso “Marzo Paraguayo” y las refriegas campesinas.
A la luz de estos hechos es posible colegir que la raza paraguaya es pacífica, amable, estoica casi todo el tiempo, pero lleva dentro de sí una hoguera incandescente que, si las circunstancias son extremas, sale a flote y desata el infierno.
Alfaro despertó ese lado bravo del paraguayo, pero para el bien, para el patriotismo. Una maravilla. El país se le unió. Los corredores de gente al paso de los buses albirrojos, las hurras en el Mercado 4 y el estadio repleto de gente…; todo el mundo, hasta los más escépticos se sintieron galvanizados por el tema.
La Albirroja por todos lados: en las calles, en los buses, en los restaurantes, en los pancheros, asaditeros y hasta en un par de “chespiteros” redimidos momentáneamente.
Hay que entender que la Albirroja es más que una bandera: es la patria entera, la sufrida patria, la reconciliación con nuestros mayores y los inmortales combatientes de la Triple Alianza y la Guerra del Chaco. Un fervor que enciende la bravura, la lucha, el temple —esta vez— en un ámbito fantástico: el fútbol.
Por ello me dio un escalofrío ver a las chicas sub-17, que están disputando el Mundial Femenino, salir del túnel del estadio en Marruecos cantando a voz en cuello “Patria Querida”, nuestro verdadero himno. Enfervorizadas, sin vergüenza de que las miren, entraron como leonas y, rugiendo, ¡golearon a su oponente! Qué caricia para el alma ver a esas jóvenes paraguayas desafiando al mundo y saboreando la victoria.
La clave de esta revolución deportiva paraguaya es la Albirroja. Por eso me espanta cuando, por cualquier motivo, los clubes y la selección también utilizan las famosas camisetas alternativas, coloridas, carnavalescas, patrocinadas por grandes marcas que tienen el corazón en una caja fuerte.
Por supuesto, si los colores son semiiguales hay que aceptarlo, pero que la alternativa sea lo más parecida posible a la original. Así vimos a Cerro Porteño una vez con una camiseta dorada… y a Olimpia, en el clásico reciente, con una camiseta celeste —no sé por qué motivo.
Una cosa es la Albirroja, y otra cosa los colores rosaditos de la camiseta de Messi.
Debo concluir este desvarío homenajeando de nuevo a las chicas Sub-17, y en especial a “Claudinha”, que va camino a ser la “Pelé” del peloterismo femenino. La Albirroja es como una corriente eléctrica que sacude a todos, y sobre todo a los jóvenes. Ahí está —por ejemplo— el intrépido Joshua Duerksen, siempre con su bandera albirroja en el podio. Cientos de atletas más, en todas las disciplinas; me olvido de muchos que cosecharon medallas, incluso de oro, en los recientes Panamericanos.
Voy a atreverme a mutilar el final de “Patria Querida” para reflejar el momento actual que viven los paraguayos con la pasión albirroja:
¡¡¡LA PATRIA PARAGUAYA ES SOLAMENTE VENCER!!!


