Recuerdo especialmente una anécdota con él. Era Semana Santa y estábamos preparando la tapa de la vieja La Tribuna. La jefa, Elsa Troche, había elegido como ilustración un enorme Cristo crucificado, y yo debía ponerle título y copete. Le presenté seis propuestas… y rechazó las seis. Desesperado, hablé con José Luis. Me miró sin decir una palabra, se dio vuelta y tecleó en su vieja máquina Olympia, con sus dedos manchados de nicotina, un texto sencillo, pero impactante que iba perfectamente con la ilustración. Decía lacónicamente: “Su soledad, la nuestra…”.
En un instante capturó el espíritu del Viernes Santo y produjo esa síntesis maravillosa. Nunca lo olvidé.
Pero me estoy desviando, porque el personaje inolvidable al que quiero recordar hoy es otro. Trabajé con él en Noticias. Era una especie de asesor y editorialista que tenía su oficina en el segundo piso, siempre atestada de colegas. Yo, por entonces, era jefe de redacción del diario.
El hombre tenía una respuesta asombrosa cuando le pedías que escribiera un editorial sobre cualquier tema:
—¿A favor o en contra? —te preguntaba.
Al principio te quedabas sorprendido, pero después, cuando lo conocías, ya sabías que era algo habitual en él. Escribir un editorial es una cosa seria: es la opinión del diario, y uno tiene que tener cierto conocimiento de lo que va a plantear. Pues bien, “a favor o en contra”, él lo hacía brillantemente… en diez minutos como máximo.
Un día llegó agitado a la redacción, a la “pecera”, como la llamaban los muchachos por sus grandes paneles de vidrio, y me increpó:
—¡Estás loco vos! —me gritó—. ¡Le tratamos como a un ladrón de gallinas al jefe de la mafia del estado de Paraná, un perro rabioso!
Se refería a un título mediano en tapa que decía algo así como “El capo mafioso Fadh Yamil domina la frontera”. Sus palabras, aunque apocalípticas, resultaron certeras. Santiago Leguizamón fue luego el mártir inmolado en aras de aquella campaña periodística, que —hay que decirlo— fue dirigida por el propio Santiago, quien me respondió con un “oiporã” cuando le pregunté sobre la peligrosidad del asunto.
Mi amigo era masón, en una época en que de eso se hablaba poco. Era famosa una foto suya con el mandil de la hermandad. Conocía a todo el mundo, y todo el mundo lo apreciaba. En cambio, él —gran burlador— apreciaba de verdad a muy pocos. Y yo era uno de ellos. Una vez habló bien de mí y casi me caigo de espaldas: dijo que era un gran trabajador. Era mucho, viniendo de él.
Con el tiempo, constituimos —es mucho decir— una pequeña empresa inexistente llamada pomposamente CPA (Consultora de Periodistas Asociados). Por aquella época, consiguió una asesoría con los ministros del TSJE: Juan Manuel Morales, Rafael Dendia y la leyenda viviente de la institución, el doctor Alberto Ramírez Zambonini.
Un día se programó una reunión de alto nivel en la sala del Consejo, con invitados extranjeros, y mi amigo y yo éramos los expositores sobre temas comunicacionales. Llegó la hora y el hombre no aparecía. Lo llamaba desesperadamente… nada. Se me acerca Ramírez y me dice al oído:
—Cristian, empezá vos ya.
Lo maldije en todos los idiomas posibles y le hice una última llamada. ¡Y atendió!
—Ya estoy llegando —me dijo—, y entonces escuché el “guau” de su perrita Luna, que generalmente dormía en su cama.
Llegó, al fin, y lo arregló todo.
Seguíamos como asesores cuando se produjo aquella famosa disputa entre Ramírez y “Kale” Galaverna. Eran dos elefantes peleando en un bazar… y el país entero miraba.
Les doy un dato más, para que los veteranos adivinen de quién hablo —si es que no lo hicieron ya—: escribió un libro cumbre, traducido a una decena de idiomas, titulado “En busca del hueso perdido. Tratado de paraguayología.”
Sí, lo acertaron. Helio Vera.
A quien muchos, todavía, seguimos extrañando.










