Los jóvenes de la “Generación Z” parecían cosa seria. Durante la semana se volvieron una especie de mito urbano. El rumor corría como serpiente: que el acto de hoy en la Plaza de Armas terminaría en violencia, que incluso intentarían quemar el Parlamento “al estilo Nepal”.
El siseo crecía día a día y a la Policía se le erizaban los pelos. Los hombres de Riera repetían que no querían reprimir, pero que mantendrían el orden “a como dé lugar”.
A mitad de semana, el rumor se hizo cuerpo: apareció una pegadiza marcha, con aire de la Internacional Socialista, logo de puño en alto rojo incluido. El estribillo, ¡aplausos y palmas!, hablaba de despertar a Paraguay, de gritar, de millones de voces sin miedo. Muy bien producido, para qué negarlo.
Pero hete aquí que el jueves, en la misma Plaza de Armas, apareció una jovencita enfervorizada que tomó la palabra “en nombre del grupo” —que aclaró no tener cabeza visible— y habló de “rizomas”. Desmintió la idea de violencia, explicó la lógica operativa y hasta sonó convincente. Yo, con la boca abierta: organización y capacidad a la vista, pese a su juventud.
Hasta que… cuando parecía que le pondría la guinda a la torta, la chica anunció el objetivo central de la concentración: “Que se aclare la mafia de los sobres del poder”.
Ahí me desinflé. Otra vez enredados en el culebrón del diario mala onda. La influencia de ese medio en cierto sector urbano es increíble: repite, repite y repite, hasta que algo queda.
Es una pena, porque el movimiento aparentemente tiene frescura, tiene creatividad, tienen hasta una estética propia que llama la atención. Pero si dejan que su brújula la marquen los titulares de siempre, terminarán en la misma rosca de los adultos que dicen cuestionar. Y ahí, la rebeldía se licúa, se convierte en eco de lo que otros ya instalaron.
La juventud debería ser un factor de renovación, no de repetición. Ellos mismos lo dijeron: “somos rizomas”, esas raíces que se extienden por debajo y brotan en mil direcciones. Pues bien, que no se les seque el impulso. Que inventen sus propias consignas, que escriban sus propios libretos y que se animen a dudar de todo, incluso de lo que les venden los diarios y las redes. Eso sería verdaderamente revolucionario.
Los chicos de la Gen Z deberían mejorar sus fuentes, diversificarlas, aprender a filtrar en medio del ruido de tantas campanas. Que no les escriban el libreto ajeno. Y, sobre todo, —como dijo la vocera, que se definió “una más”— no aportar a la violencia: ya tenemos demasiado de eso en este atribulado mundo que les toca habitar.
P.D.: Había prometido hablar hoy de la infantil crítica a los “paseos de Santi”, pero lo dejo para la próxima.


