Pedrozo y el famoso “upéinte”

Hay una palabra que probablemente explique mejor que muchas teorías una parte de nuestra manera de vivir: upéinte. Después nomás. Más adelante. Ya ve…

| Por Christian Torres
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Upéinte - procastinación

Hay una palabra que probablemente explique mejor que muchas teorías una parte de nuestra manera de vivir: upéinte. Después nomás. Más adelante. Ya veremos. No es exactamente una negativa, tampoco significa que algo no se hará. Es simplemente la decisión de dejar para después aquello que perfectamente podría —y muchas veces debería— resolverse hoy.

El problema es que, a veces, el después llega demasiado tarde.

Lo ocurrido en Pedrozo es una expresión brutal de esa cultura. Allí había un cruce peligroso, obras demoradas, inconvenientes conocidos y una situación que reclamaba una solución. Nada de eso apareció luego de la tragedia; estaba allí antes, pero tuvieron que morir personas para que de pronto todo adquiriera carácter de urgencia.

Después del accidente aparecieron las respuestas. Se destrabó el último terreno que impedía avanzar, se anunció el retiro del semáforo y el MOPC informó que las obras estarán terminadas rápidamente.

Entonces, surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué recién ahora?

No se trata de responsabilizar livianamente a alguien por una tragedia ni de afirmar que una determinada obra hubiese evitado con certeza esas muertes. Se trata de algo más profundo: nuestra extraordinaria capacidad para convivir con problemas conocidos hasta que dejan de ser tolerables.

Pedrozo es apenas el ejemplo más doloroso.

Ahora los médicos anunciaron una huelga para mañana lunes después de reclamar durante bastante tiempo sin encontrar respuestas. Sus dirigentes estaban enfurecidos porque sentían que nadie les prestaba atención. Finalmente, fueron convocados, pero —según denunciaron— les enviaron a un viceministro que prácticamente desconocía el problema y llegó sin propuestas concretas. Otra vez el upéinte.

Después negociamos, después convocamos, después buscamos la plata, después mandamos a alguien que pueda decidir.

Hasta que llega el lunes y comienza una huelga que puede afectar a miles de enfermos humildes. Entonces seguramente aparecerán reuniones urgentes, llamados telefónicos, propuestas y autoridades con capacidad para resolver.

¿Por qué esperar siempre hasta el borde del precipicio? Lo hacemos con las calles hasta que resultan intransitables, con los raudales hasta que alguien es arrastrado, con los puentes hasta que amenazan con caerse, con las escuelas hasta que un techo se desploma y con los hospitales hasta que faltan medicamentos. Y después corremos.

El upéinte tiene además una enorme ventaja política y burocrática, ya que permite que nadie diga que no. Todo queda pendiente. Se promete estudiar, analizar, convocar una mesa, solicitar un informe o conseguir presupuesto. El problema sigue allí, pero administrativamente está “en proceso”. Hasta que explota.

Entonces descubrimos algo sorprendente: aquello que durante meses parecía imposible puede resolverse en días. Aparecen recursos, máquinas, reuniones, resoluciones y funcionarios trabajando contrarreloj.

Por eso Pedrozo debería dejarnos una enseñanza que vaya bastante más allá de esa tragedia.

Y sería injusto cargar esta costumbre exclusivamente al Gobierno de turno. El upéinte sobrevivió gobiernos colorados, liberales, alianzas, izquierdas, derechas y probablemente sobrevivirá al próximo presidente. También vive cómodamente en municipios, gobernaciones, empresas y en nuestras propias casas.

Pero un Estado serio no puede funcionar solamente reaccionando ante las tragedias. Gobernar también significa anticiparse, establecer prioridades y resolver problemas cuando todavía son problemas y no cuando ya se convirtieron en desgracias.

Porque el upéinte puede resultar simpático para postergar una visita, arreglar una canilla o empezar una dieta.

Pero cuando se convierte en método de gestión pública deja de ser una costumbre pintoresca. Puede costar vidas. Y entonces ya es demasiado tarde para decir “upéinte”.

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