Amarga yerba mate

Por Christian Torres.

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Amarga yerba mate.

El “maestro Alcibíades” (González Delvalle), como le decimos los periodistas antiguos, escribió una memorable serie allá por los años 70. Se llamaba “Amarga caña dulce” y describía crudamente las penurias que pasaban los cañeros del Guairá. Nelson Zapata la consignó en su libro como el primer trabajo de periodismo de investigación publicado en nuestro país.

Le plagié el título y voy a tratar de escribir, aunque sin la maestría de Alci, sobre las penurias que viven hoy los campesinos dedicados a la yerba mate.

Uno ve la cantidad de marcas, la invasiva publicidad de muchas de ellas y la fruición con que el paraguayo toma su famoso tereré, y piensa que los cultivadores del rubro se están volviendo millonarios.

Los grandes números parecen muy buenos. El rubro mueve unos 120 millones de dólares al año, se exporta a 27 países y genera unos 14 millones de dólares en divisas.

Por eso quedé asombrado cuando, en una conversación casual con una familia de productores de yerba mate de Paso Yobái, Guairá nuevamente, me pintaron un panorama miserable y desesperanzador. Muchos están pensando —y algunos ya lo hicieron— en cambiar de rubro y plantar soja.

Hay que mirar los números para entender. El producto se paga a unos G. 1.000 el kilo al campesino. De esos 1.000, alrededor de G. 300 cobran los “tareferos”, quienes arrancan las hojas, y otros G. 200 se van en el flete. Al productor le quedan G. 500.

Pero esos G. 500 tampoco son ganancia. De allí tiene que pagar la carpida, que consiste en arrancar los yuyos de raíz con azada; la corpida, que se hace con desmalezadora, y entre cinco y siete fumigaciones hasta la próxima cosecha. ¿Cuánto queda realmente en sus bolsillos?

Para colmo de males, ahora corre el rumor de que el precio podría bajar de G. 1.000 a G. 800 por kilo.

“Los campesinos estamos acostumbrados a esto”, me dijeron. Cuando la cosecha es buena y hay abundancia, los acopiadores tiran los precios por el suelo. Cuando hay escasez, el precio va por las nubes. “Siempre salimos perdiendo, haya buena o mala cosecha”.

¿Y se siente la ayuda del Estado?, les pregunté. “Aquí, nada”, replicaron. Y aquí hay que interpelar a nuestras autoridades. ¿Vamos a permitir que un rubro tan tradicional e identificado con el Paraguay vaya desapareciendo porque quienes lo cultivan ya no encuentran razones económicas para seguir? ¿Vamos a esperar que los yerbales sean reemplazados por soja para descubrir que había un problema?

La presencia del Estado es vital. No para regalar dinero ni convertir al productor en dependiente de subsidios, sino para establecer reglas claras, transparentar la formación de los precios, brindar asistencia técnica y evitar que el pequeño productor quede indefenso frente a quienes tienen mayor poder dentro de la cadena.

Porque resulta difícil explicar que un negocio que mueve millones de dólares, llega a decenas de países y ocupa publicidad termine dejando migajas a quien planta, cuida y cosecha la materia prima.

El tereré es casi un símbolo nacional, pero detrás de cada guampa existe una cadena productiva que el consumidor no ve. Vemos las góndolas llenas, las marcas, la publicidad y hasta las exportaciones. No vemos al pequeño productor de Paso Yobái haciendo cuentas para saber si vale la pena volver a cosechar.

“Amarga caña dulce” ayudó hace medio siglo a mostrar y corregir parte del drama que sufrían nuestros cañeros. Ojalá estas líneas sirvan al menos para que alguien mire hacia nuestros yerbateros. Sería triste que, por abandonarlos a su suerte, algún día tengamos que terminar tomando nuestro tereré con yerba importada…

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