Opinion

El “efecto Mbappé”

Por Christian Torres

| Por La Tribuna
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El “efecto Mbappé”.

Confieso algo de entrada. El comentario que inspira estas líneas no es mío. Es del psiquiatra y antropólogo paraguayo Agustín Barúa, y me pareció sencillamente fantástico. Tanto, que decidí “plagiarlo” un poco. Tranquilos: con cita incluida.

Escribo esto mientras el Mundial baja el telón. Llegamos hasta una apasionante final después de semanas en las que el fútbol monopolizó conversaciones, sobremesas, oficinas, grupos de WhatsApp y hasta discusiones familiares.

Hubo, sin embargo, un episodio que terminó ocupando un lugar inesperado. El famoso saludo que Kylian Mbappé no le devolvió a Orlando Gill después del partido frente a Francia. Bastó ese gesto para que estallaran las redes sociales, aparecieran indignados profesionales, patriotas de ocasión y hasta dirigentes políticos dispuestos a entrar en la polémica.

Y sí, hago una confesión. Yo también me calenté con Mbappé. Como millones de paraguayos, me pareció un gesto innecesario. Recién después de leer a Barúa entendí que, probablemente, mi enojo tampoco era solamente por Mbappé. Había algo más. Bastante más.

¿Por qué un episodio tan pequeño puede despertar semejante reacción? Ahí aparece Barúa con una explicación que, al menos a mí, me resultó tan provocadora como convincente.

Sostiene que Paraguay carga una mochila emocional enorme. Somos un país construido sobre guerras, pérdidas, dictaduras, exilios, injusticias y dolores que nunca terminamos de procesar del todo. En cambio, aprendimos a envolver esas heridas con un relato heroico que también forma parte de nuestra identidad. Y no está mal. Gracias a ese relato sobrevivimos muchas veces. El problema es que, a veces, las heridas siguen allí, debajo de la piel. Entonces ocurre algo curioso. Un gesto aparentemente menor toca una fibra muy profunda. No reaccionamos solamente ante Mbappé. Reaccionamos también ante esa vieja sensación de sentirnos ignorados, menospreciados o subestimados. El francés quizá nunca imaginó semejante debate. Nosotros sí lo convertimos en símbolo.

Y mientras tanto convivimos con hospitales que funcionan como pueden, un transporte público que desespera, calles rotas, corrupción que aparece un día sí y otro también... y ya casi ni levantamos la voz. ¿Nos duele más Mbappé que la corrupción? Creo que no.

Simplemente son dolores distintos.

Contra la corrupción uno se cansa. Contra el colectivo que nunca llega uno se resigna. Contra la burocracia uno aprende a respirar hondo. Son problemas que forman parte de la rutina y, como suele ocurrir con las enfermedades crónicas, uno termina aprendiendo a convivir con ellas, aunque nunca dejen de doler.

En cambio, el fútbol ofrece otra cosa. Allí está permitido gritar, enojarse, abrazarse, llorar, desahogarse. Defender a la Albirroja es también defender un pedacito de nosotros mismos.

Quizá por eso un saludo ignorado termina provocando más ruido que un hecho de corrupción. No porque sea más importante. Porque emocionalmente resulta más fácil.

No comparto, desde luego, los insultos, el racismo ni las agresiones que aparecieron en esos días. Nada de eso tiene justificación. Pero sí creo que Barúa pone el dedo en una llaga interesante: muchas veces encontramos en el fútbol una válvula de escape para emociones que vienen acumulándose desde mucho antes.

Basta recordar cómo vivimos este Mundial. Durante varias semanas el país pareció olvidarse de sus diferencias. Oficialistas, opositores, ricos, pobres, colorados, liberales e independientes festejamos los mismos goles, sufrimos los mismos penales y soñamos exactamente el mismo sueño. Esa capacidad de encontrarnos alrededor de una camiseta demuestra que todavía existe un “nosotros”. No está perdido. Simplemente aparece con demasiada frecuencia solo cuando rueda una pelota.

Quizá Agustín Barúa tenga razón. Tal vez Mbappé solo haya sido el disparador de emociones mucho más antiguas y profundas. O quizá cada uno encuentre otra explicación. Lo cierto es que el episodio nos dejó una pregunta interesante sobre nosotros mismos. Y las buenas preguntas siempre valen la pena.

Ojalá que la próxima vez que descubramos que somos capaces de empujar todos para el mismo lado no tenga que ser únicamente detrás de una pelota.

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