La caja de Pandora —perdón, la Caja Fiscal—, de donde salen todos los tormentos, es ni más ni menos eso: un baúl siniestro, lleno de problemas que nadie quiere abrir. Anotemos algunos de esos tormentos.
La caja pierde un millón de dólares por día. Sí, un millón de dólares diarios. Eso significa un déficit cercano a 30 millones de dólares por mes durante el 2025. En los últimos cinco años, la caja de Pandora —perdón, la Caja Fiscal— acumuló un agujero fantástico de 1.380 millones de dólares, según datos oficiales.
Un agujero negro que ningún gobierno se animó a enfrentar por el “k...” que inevitablemente se le iba a armar.
El gobierno actual también dudó en meter la mano en ese agujero, hay que decirlo. Pero finalmente tuvo que hacerlo, porque la situación se volvía cada vez más incontrolable.
Conviene agregar un dato clave: cerca del 60% de ese dinero lo pagamos los ciudadanos. Nosotros, usted y yo, a través de nuestros impuestos.
Este supertécnico que tiene el Gobierno, Carlos Fernández Valdovinos, de inmediato aisló uno de los mayores problemas: la jubilación de los docentes… sí, esos mismos que se aplazan en cada examen de suficiencia tenían un régimen extraordinario que ni de lejos alcanzaba para pagar los beneficios a los jubilados del sector.
Anotemos algunos beneficios actuales del sistema “de ellos”: jubilaciones con apenas 25 o 28 años de servicio, con tasas de reemplazo que rondan entre el 83% y el 87% del salario, y sin una edad mínima clara, lo que permite que muchas personas se retiren relativamente jóvenes.
Mientras tanto, los demás ciudadanos —los jubilados de segunda, podríamos decir— deben esperar hasta los 60 o 65 años y acumular entre 15 y 30 años de aportes para aspirar a una jubilación mucho más modesta.
Imagínese el lector si todos decidiéramos salir a la calle a protestar por esas diferencias.
Pero hay otro tormento dentro de esta caja de Pandora: el liderazgo sindical docente.
Muchos de sus dirigentes llevan más de veinte años en el cargo. Son “históricos”, para decirlo con elegancia. Empotrados en el poder gremial, parecen haberse quedado en otra época.
En lugar de actuar como negociadores profesionales —como ocurre en países más modernos— mantienen un estilo áspero, confrontativo y muchas veces más preocupado por figuretear que por buscar una salida al problema.
A veces resulta hasta risible ver cómo se encolumnan ante los cronistas de los programas de radio o televisión, para ver si también los entrevistan.
Y falta la guinda de la torta…tienen…cha cha chachan… ¡21 sindicatos! ¡Y unas cuantas federaciones! Este hecho en sí mismo ya es una tremenda desprolijidad. Cada uno tiene su feudo. Hace años nadie quiere ceder, pero ellos quieren que el Gobierno, el pueblo no docente en realidad, sí lo haga… para mantener sus atorrantes privilegios para un país pobre. Ahora ya están a las puertas del acuerdo, pero… no, igual vamos al paro, a rascarnos y cerrar rutas (quienes nos deberían enseñar a no hacerlo).
Hay además un daño colateral que pasó casi desapercibido: miles de niños quedaron sin recibir la alimentación escolar durante esos días. En muchos casos, esa comida es vital para ellos.
La paradoja es evidente: un sistema pensado para proteger derechos termina generando nuevos perjuicios para la sociedad.
Todo esto confirma algo que ya sabíamos. La Caja Fiscal era —y sigue siendo— una verdadera caja de Pandora.
Durante años nadie quiso abrirla. Hoy sabemos por qué.
De ella siguen saliendo tormentos.


