¿Por qué crece el PIB, pero no la confianza?

Daniel Correa (*)

| Por La Tribuna
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Si uno le pregunta a un economista cómo está la economía paraguaya, la respuesta es buena: crecimiento cercano al 5%, inflación en mínimos, desempleo en baja. Si uno le hace la misma pregunta a una familia de Asunción y otras zonas urbanas, la respuesta es otra: no alcanza, todo está caro, no se puede ahorrar.

Los dos tienen datos que los respaldan. Del lado de los analistas, la Encuesta de Expectativas del BCP de septiembre proyecta un crecimiento de 4,5% para el 2026 y una inflación de 3,0% a fin de año. La actividad crece 5,5% interanual, la inflación bajó a 1,5% desde 4,6% un año atrás, y el desempleo cayó de 5,0% a 4,1%.

Del lado de los hogares, el Índice de Confianza del Consumidor cayó en agosto a 39,67 puntos, 11 puntos menos que hace un año y muy por debajo del nivel neutral de 50. Lo más llamativo no es el nivel sino la tendencia: el índice de expectativas, que un año atrás estaba en 64,63, hoy está en 49,42. Solo el 11% dice que puede ahorrar. Apenas el 1,5% cree que es buen momento para comprar una casa.

¿Está equivocado alguno de los dos? Creo que no. Están midiendo cosas distintas. El economista mira las tasas de variación: cuánto crece el PIB, cuánto sube el índice de precios, hacia dónde va la tasa de política monetaria. El hogar mira niveles y restricciones: cuánto cuesta vivir, cuánto queda a fin de mes, si puede ahorrar, si la cuota entra o no.

Esa diferencia explica la paradoja más comentada del momento: la inflación bajó, pero todo sigue caro. No hay contradicción. Que la inflación pase de 4,6% a 1,5% significa que los precios suben más despacio, no que vuelven a donde estaban. La desinflación es una buena noticia estadística mucho antes de convertirse en una buena noticia percibida. Y el consumidor no pondera precios como el IPC: pesa más lo que compra todos los días. En agosto la inflación mensual fue cero, pero combustibles subió 3,8% y transporte 1,2%. Eso es lo que la gente vio en el surtidor y en su movilidad.

Pero sería un error reducir esto solo a la percepción. Hay fundamentos económicos detrás de la desconfianza.

Entre el 2017 y el 2025, según datos oficiales, el PIB real creció 24,6% y el consumo privado real 27,6%. El ingreso laboral promedio real, en cambio, creció 1,6%. Léalo de nuevo: en ocho años, la economía creció un cuarto y el salario real quedó prácticamente en el mismo lugar.

Esa brecha plantea una pregunta incómoda: si el ingreso laboral real no creció, ¿con qué se financió un consumo que subió 27,6%? Parte se explica por transferencias y otros ingresos. Pero una parte importante, casi con seguridad, se financió con deuda. Y ahí aparece el otro dato del bolsillo: mientras la tasa de política monetaria está en 5,5%, el crédito de consumo cuesta en promedio 21,9% y las tarjetas 19,1%. El otorgamiento de crédito al sector privado crece 15,6% interanual, la morosidad está contenida en 2,72%, por lo que no puede dudarse de la solidez del sistema financiero. Pero un hogar que sostuvo su nivel de vida endeudándose al 20% no se siente próspero cuando le dicen que la inflación es baja. Se siente apretado.

El mercado laboral cuenta la misma historia con otro ángulo. La ocupación subió de 68,1% a 69,7%, pero la subocupación por insuficiencia de horas pasó de 3,8% a 4,8%: unas 163.000 personas que trabajan menos de lo que quisieran. Hay más empleo. No necesariamente hay más ingreso.

El índice tiene un detalle que pocos miran. En agosto, la percepción sobre la situación personal estaba en 34,25 y sobre el hogar en 35,88. Sobre el país, en 19,63. En expectativas, lo personal y lo familiar todavía estaban por encima de 50; lo del país, en 38,13.

Es decir: la gente ve su propio futuro con menos pesimismo que el futuro del país. Eso sugiere que no todo el deterioro viene del presupuesto familiar. Una parte viene de cómo se percibe el entorno: las noticias, la conversación pública, las instituciones. La pregunta sobre “el país” probablemente captura malestar que no es sólo económico, y eso conviene tenerlo presente antes de leer el Índice de Confianza del Consumidor (ICC) como un juicio sobre la política económica.

También conviene recordar qué es el ICC: 400 hogares de Asunción y Central urbano. Es el consumidor metropolitano, donde el alquiler, combustible y transporte pesan más que en el promedio nacional. No es toda la economía, pero es la parte de la economía que más siente la subida de los precios.

Que profesionales y hogares vean la economía distinta es estructural. Tienen información, horizontes y preguntas diferentes, y eso pasa en todos los países. Lo coyuntural es la magnitud: que la expectativa de crecimiento suba de 4,2% a 4,5% en tres meses mientras la expectativa del consumidor pierde 15 puntos en un año. No hay un único evento que lo explique. Hay una acumulación: precios que no bajan, ingreso real que no creció, crédito caro, subocupación en alza y una lectura muy negativa del entorno.

No es si la macro está bien. Está bien. La pregunta es si esa macro llega al ingreso disponible de los hogares, y a qué velocidad. Si en los próximos trimestres el crecimiento se traslada al salario real y la baja de la inflación se transmite a las tasas de consumo, la confianza convergerá. Si no, podemos seguir creciendo 4,5% con consumidores que no lo sienten. Y una economía donde el PIB crece pero el bolsillo no, tarde o temprano, tiene un problema que no es de percepción.

Por lo menos, así lo veo yo.

(*) Daniel Correa. Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.

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