El reciente informe del Fondo Monetario Internacional sobre Paraguay deja una fotografía con luces claras y sombras que no conviene ignorar. El país aparece como una economía resiliente, con crecimiento sólido, inflación encaminada hacia la meta, buenas reservas internacionales y una disciplina fiscal que intenta recomponerse. El FMI proyecta un crecimiento de 4,4% para el 2026 y de 3,8% promedio a mediano plazo, apoyado en el consumo privado y la inversión. También destaca que Paraguay obtuvo grado de inversión por parte de dos calificadoras importantes, un logro que no es menor para atraer capitales y reducir costos de financiamiento.
Estos aspectos positivos deben valorarse sin triunfalismo. Para don Juan o ña María, el grado de inversión puede sonar lejano, pero significa algo concreto: si el país es visto como más confiable, puede endeudarse más barato, atraer industrias, generar empleos y financiar obras. Del mismo modo, la estabilidad monetaria ayuda a que el salario no pierda valor tan rápido y que una familia pueda planificar mejor sus gastos.
Pero el informe también marca advertencias importantes. La primera está en las finanzas públicas. El FMI señala la necesidad de transparentar y pagar atrasos internos, incluyendo compromisos con constructoras y farmacéuticas, y mejorar el registro fiscal. Esto tiene un impacto inmediato: pagar deudas atrasadas puede elevar el déficit registrado en el corto plazo, pero también devuelve oxígeno a proveedores que ya entregaron bienes o servicios. Una farmacéutica que cobra puede reponer medicamentos; una constructora que recibe pagos puede cancelar deudas, pagar salarios y terminar obras.
La acción concreta aquí debe ser doble: publicar un calendario claro de pagos y fortalecer los sistemas de control del gasto. No basta con pagar; hay que evitar que el problema se repita. Para eso, el Estado debe alinear presupuesto, caja y compromisos antes de contratar. Un ejemplo simple: así como una familia no debería comprar una heladera en cuotas sin saber si podrá pagarla, el Estado no debería comprometer obras o medicamentos sin previsión financiera real.
Otro punto clave es la consolidación fiscal. El FMI recomienda volver gradualmente al cumplimiento de la Ley de Responsabilidad Fiscal y converger hacia un déficit de 1,5% del PIB en el 2028. Esto no debe traducirse en recortes ciegos. La alternativa responsable es revisar gastos ineficientes, priorizar salud, educación e infraestructura, y mejorar la recaudación sin castigar al trabajador formal ni al pequeño comerciante.
En materia tributaria, el informe plantea ampliar la base, fortalecer la facturación electrónica, revisar exoneraciones y racionalizar beneficios. La clave está en hacerlo con justicia. Por ejemplo, si se revisan tasas reducidas del IVA o deducciones del impuesto personal, debe existir compensación directa para familias vulnerables mediante programas sociales focalizados. De lo contrario, el ajuste lo termina pagando quien menos margen tiene.
El sector financiero también exige atención. El FMI considera sólido al sistema bancario, pero advierte sobre el rápido crecimiento del crédito al consumo. Esto es importante porque muchas familias pueden endeudarse más allá de su capacidad. Una medida concreta sería establecer límites prudenciales entre cuota e ingreso. Si una persona gana G. 4 millones, no debería destinar una parte excesiva a tarjetas, préstamos y cuotas comerciales. A corto plazo, esto podría moderar el consumo, pero evitaría una ola futura de morosidad y sobreendeudamiento.
La informalidad es otra gran tarea. El informe pide reducir costos de formalización y mejorar incentivos. Aquí el país necesita soluciones prácticas: inscripción simple desde el celular, pagos tributarios proporcionales al tamaño del negocio, aportes sociales graduales y beneficios visibles. Por ejemplo, una vendedora de comida que se formaliza debería acceder a jubilación, salud, crédito barato y capacitación. Si formalizarse solo significa pagar más, la informalidad seguirá siendo una respuesta racional.
Finalmente, Paraguay tiene oportunidades nuevas: energía renovable, agroindustria, mercados de capitales, inteligencia artificial e inversión extranjera. Pero para aprovecharlas necesita instituciones confiables, educación técnica y reglas estables. No alcanza con crecer; hay que crecer mejor.
El mensaje central no es que Paraguay esté mal, sino que está ante una ventana de oportunidades. La estabilidad lograda es un activo valioso, pero puede deteriorarse si se acumulan deudas ocultas, informalidad, baja calidad del gasto o controles débiles. La agenda debe ser clara: ordenar las cuentas, proteger a los vulnerables, formalizar sin asfixiar, vigilar el crédito, transparentar el Estado e invertir en productividad. Ese es el camino para que los buenos números macroeconómicos se traduzcan en algo más importante: una vida más previsible y digna para la gente.
Por lo menos, así lo veo yo.

