Hace unas semanas hicimos en clase un ejercicio bastante simple. La idea era poner a los estudiantes de economía del 3er curso frente a decisiones que cualquiera podría enfrentar: elegir entre invertir en guaraníes o dólares, decidir qué hacer con una inversión que está perdiendo valor o evaluar si conviene asegurar una ganancia o arriesgar un poco más.
No había respuestas correctas o incorrectas. Lo que queríamos ver era otra cosa: cómo se toman las decisiones en la práctica, incluso cuando uno conoce la teoría.
Y lo primero que aparece es algo interesante: en varios casos, los estudiantes se comportan de manera bastante racional. Analizan la tasa real, piensan en la inflación y evalúan fundamentos. No hay una reacción automática ni impulsiva. Eso ya marca una diferencia importante con lo que uno esperaría encontrar en decisiones más cotidianas.
Pero al mismo tiempo, hay ciertos patrones que se repiten. Por ejemplo, cuando aparece el dólar, muchos lo siguen viendo como una opción “segura”. No necesariamente porque hayan hecho un cálculo completo, sino porque existe una idea bastante instalada de que el dólar protege. Es un reflejo bastante típico en economías como la nuestra, donde la historia pesa. Y eso ya te muestra que incluso en un entorno más técnico, la percepción sigue jugando un rol.
Algo parecido ocurre cuando se plantean decisiones bajo riesgo. Cuando hay que elegir entre una ganancia segura y una alternativa con mayor valor esperado, la mayoría prefiere lo seguro. Pero cuando la situación es de pérdida, muchos cambian de actitud y están dispuestos a asumir más riesgo con tal de no perder. Ese cambio de comportamiento es muy claro y aparece de forma consistente. No es un caso aislado, es un patrón.
Y lo interesante es que ese mismo patrón no se queda en el aula. También aparece cuando miramos la economía real. Si uno toma el Índice de Confianza del Consumidor (ICC) que recoge mensualmente el Banco Central del Paraguay, lo que encuentra es que las personas (consumidores) evalúan su situación actual con cierta cautela, pero cuando miran hacia adelante tienden a ser más optimistas. Es decir, el presente puede no ser tan bueno, pero el futuro siempre parece un poco mejor. Eso no surge de un modelo, surge de cómo las personas perciben su entorno.
Ahora, si cambiamos de ángulo y miramos la Encuesta de Expectativas de Variables Económicas (EVE) que, también recopilada de manera mensual por el Banco Central del Paraguay, el panorama es distinto. Ahí ya no responden hogares, sino analistas, bancos, consultoras. Y lo que se observa es otra lógica: las expectativas son más estables, más graduales, más ancladas. Nadie cambia drásticamente su proyección de inflación o de tipo de cambio de un mes a otro.
Cuando uno pone estas tres cosas juntas —la encuesta en clase, el ICC y la EVE— empieza a aparecer una imagen bastante clara. Los estudiantes no se comportan exactamente como los consumidores del ICC, pero tampoco son completamente distintos. Están en un punto intermedio. Por un lado, muestran capacidad analítica, algo más cercano a lo que se ve en la EVE. Pero por otro, mantienen ciertos reflejos, como la preferencia por el dólar o la reacción frente a pérdidas, que son claramente conductuales.
Y ahí está lo más interesante del ejercicio. Porque al final, lo que aparece no es una economía dividida entre racionales e irracionales, sino algo más realista: una economía donde las decisiones se construyen mezclando análisis con percepción.
A veces pesa más el dato. A veces pesa más la experiencia. Y muchas veces, sin darnos cuenta, usamos atajos para decidir.
Eso es lo que explica por qué las expectativas económicas no siempre se ajustan perfectamente a los fundamentos. Y también explica por qué fenómenos como el optimismo del consumidor o el anclaje en las proyecciones de los analistas aparecen de manera tan persistente.
Pero hay un punto adicional que vuelve todo esto especialmente relevante.
Si las personas forman sus expectativas de esta manera, entonces quien diseña política económica no solo tiene que tomar buenas decisiones, sino también comunicar bien esas decisiones. No alcanza con que los fundamentos sean sólidos si el mensaje no logra anclar expectativas o si deja espacio para interpretaciones erróneas.
Entender estos sesgos permite algo muy concreto: anticipar cómo va a reaccionar la gente frente a un cambio en tasas, en inflación o en el tipo de cambio. Y eso es clave para la efectividad de la política económica.
El pequeño ejercicio en clase no pretende representar a toda la economía, pero sí deja una idea bastante clara: los sesgos no desaparecen cuando agregamos decisiones. Simplemente cambian de forma. Y en ese sentido, entender la economía no es solo entender los números. También es entender cómo las personas piensan esos números.
Por lo menos, así lo veo yo.
(*) Economista y director de DCR Consultora. Profesor universitario.









