El ronquido se produce cuando el aire atraviesa los tejidos relajados de la garganta y los hace vibrar. Durante el sueño, los músculos de la lengua, el paladar y la garganta pierden tensión. Si estos tejidos estrechan el paso del aire, la vibración aumenta y el sonido se vuelve más fuerte. No todas las personas que roncan tienen apnea, pero hay manifestaciones que justifican una consulta médica.
La señal más importante es que otra persona observe pausas en la respiración mientras el afectado duerme. También deben llamar la atención los episodios de jadeo, la sensación de atragantamiento, el sueño agitado y los despertares frecuentes. Durante el día, los síntomas pueden continuar. Levantarse con dolor de cabeza o de garganta, sentir somnolencia excesiva, tener dificultades para concentrarse o presentar presión arterial elevada.
En la apnea obstructiva, las vías respiratorias se estrechan o se cierran temporalmente, interrumpiendo el flujo de aire varias veces durante la noche. Esto impide un descanso reparador. La anatomía influye un paladar blando grueso, una úvula alargada o amígdalas agrandadas reducen el espacio.
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El sobrepeso, la congestión nasal crónica, el tabique desviado, el consumo de alcohol antes de dormir y dormir boca arriba también favorecen el problema.
Los hombres, las personas con sobrepeso y quienes tienen antecedentes familiares presentan mayor riesgo. En los niños, los ronquidos no deben considerarse normales sin evaluación, especialmente si hay problemas de conducta o bajo rendimiento escolar.


