El párroco de la Catedral de San Lorenzo, padre Pedro Celestino Benítez, sostuvo que el denominado “farmear aura” no debe ser satanizado ni condenado de manera apresurada, sino analizado a partir de lo que genera en quienes participan de esta tendencia juvenil.
La expresión proviene del lenguaje de los videojuegos, “farmear” hace referencia a acumular puntos o recursos, mientras que “aura” representa simbólicamente carisma, presencia o capacidad de llamar la atención. En las redes sociales, el concepto pasó a utilizarse para describir acciones mediante las cuales los jóvenes buscan acumular reconocimiento o demostrar una mayor presencia frente a los demás.
Según la reflexión del sacerdote, algunas de estas manifestaciones pueden resultar extrañas o exageradas para generaciones adultas. Sin embargo, detrás de ellas también existe una necesidad humana de encontrarse, pertenecer a un grupo, expresarse y ser reconocido.
Benítez señaló que reunirse, bailar, expresarse corporalmente, divertirse y compartir con otras personas no constituye, por sí mismo, una conducta negativa. Incluso, una tendencia nacida en el ámbito digital puede convertirse en una oportunidad para que los jóvenes se encuentren físicamente, establezcan vínculos y compartan experiencias.
En ese sentido, planteó que el análisis desde la fe debe partir del discernimiento y no de la descalificación. La pregunta central, según la reflexión, es qué efecto tiene esa experiencia sobre la persona y cuáles son sus límites. “Todo me está permitido, pero no todo me conviene”, señala en su mensaje, bajo esa perspectiva, una actividad puede mantenerse como una expresión de diversión, creatividad y encuentro mientras no derive en situaciones que afecten la dignidad propia o ajena.
El sacerdote advirtió que el escenario cambia cuando alrededor de estas prácticas aparecen drogas, abuso de alcohol, violencia, sexualización, humillación o cualquier otro comportamiento que pueda causar daño.
Otro aspecto planteado es la búsqueda de reconocimiento. “Farmear aura” implica, en sentido simbólico, acumular aprobación y visibilidad ante los demás. Mientras esa dinámica se mantenga como parte de un juego o una expresión juvenil, no necesariamente representa un problema. “El riesgo aparece cuando la valoración personal comienza a depender de la mirada externa”, expresó.
La reflexión también apunta a la relación entre la vida digital y los vínculos presenciales. Las redes sociales forman parte de la vida cotidiana y generan nuevas formas de comunicación, pero, según el planteamiento, no deberían sustituir la experiencia humana concreta ni empobrecer las relaciones.
En ese contexto, Benítez propone mirar el fenómeno sin prejuicios, pero también sin dejar de establecer límites frente a conductas que puedan resultar perjudiciales. La cuestión, más allá de una expresión que podría quedar rápidamente en desuso, consiste en determinar cuánto de la vida de las personas está orientada a vivir experiencias auténticas y cuánto a obtener reconocimiento de los demás, señaló el sacerdote.


