Israel vive una fractura interna que ya no se explica solo por Gaza. El jueves 30 de octubre, Jerusalén se tiñó de negro: decenas de miles de judíos ultraortodoxos —al menos 200.000— marcharon contra el fin de las exenciones del servicio militar para estudiantes de yeshivá.
El dilema del servicio militar y la urgencia militar
La Tribuna/EFE. La “marcha del millón” reabrió un dilema: ¿puede el Estado sostener un modelo en el que una parte creciente de su población quede al margen del uniforme? La urgencia militar es real. Las Fuerzas de Defensa de Israel calculan que necesitan reclutar unos 12.000 soldados para cubrir vacantes. En ese marco avanza un proyecto de ley que fija cuotas obligatorias de jóvenes haredíes, endurece sanciones e incluso habilita a la policía a perseguir a los objetores. Desde junio del 2024, unos 78.000 estudiantes de yeshivá recibieron su primera citación. Para 40.000 ya venció el plazo, pero menos de 3.500 respondieron; de ellos, menos de 1.000 se alistaron y apenas 153 ingresaron a unidades de combate: menos del 0,4% del total.
Historia y demografía de los ultraortodoxos
Para entender el trasfondo hay que volver a 1948. En el pacto social original se aceptó que quien dedicara su vida al estudio sagrado quedará exento: torato omanuto, “la Torá es su ocupación”. Entonces los ultraortodoxos eran una minoría ínfima; hoy la comunidad ronda 1,4 millones de personas —cerca del 13% de la población— y crece con rapidez. Las proyecciones demográficas la ubican en un tercio, o incluso en la mitad, hacia el 2065. Con ese horizonte, la Corte Suprema ha instado a resolver de una vez el régimen de exenciones, convertidas en disputa central.
Disputa cultural y amenaza a la identidad
El desacuerdo excede los cuarteles. Es una disputa cultural sobre el tipo de Israel que prevalecerá. En barrios como Mea Shearim o Bnei Brak rige una vida comunitaria estricta, con normas de modestia, educación religiosa intensiva y barreras frente al mundo secular. Muchos hogares evitan internet o usan celulares “kosher”, y la escuela prioriza el Talmud por sobre matemáticas y ciencias. Para esa cosmovisión, el soldado que reza y estudia protege al pueblo tanto como el que patrulla una frontera. El ejército, mixto y ajeno a la autoridad rabínica, es percibido como una amenaza a la identidad. Intentos como el batallón Netzah Yehuda no han resuelto el problema de fondo: la desconfianza.
La sensible dimensión económica y la pobreza
La dimensión económica es igual de sensible. Más de la mitad de los hombres haredíes mayores de 25 años no trabaja y más de la mitad de los hogares ultraortodoxos vive bajo la línea de pobreza. Las familias son numerosas —seis u ocho hijos son comunes— y el sostén suele recaer en las mujeres, empleadas en servicios. El Estado, al que sectores haredíes recelan, termina financiando gran parte del esquema mediante subsidios y transferencias. En los últimos años, fallos judiciales y decisiones presupuestarias han condicionado ayudas a la inserción laboral o a la escolaridad básica.
El tablero político y las tres rutas evidentes
El tablero político añade otra capa. Los partidos ultraortodoxos son con frecuencia bisagras de gobierno, lo que frena reformas o las diluye. La sensación de “dos sociedades” se expande: una volcada a la economía global y al servicio cívico; otra centrada en el estudio religioso y en la autonomía comunitaria. ¿Qué hacer? Hay tres rutas evidentes. Mantener privilegios evita el choque inmediato, pero agrava la inequidad y consolida la fractura. La imposición coercitiva con sanciones efectivas puede aumentar alistamientos, pero corre el riesgo de radicalizar a una comunidad joven y en expansión.
La vía más promisoria y la igualdad cívica
La vía más promisoria es una integración gradual y medible: currículo básico común en matemáticas, ciencias e idioma; incentivos laborales a empleadores que integren haredíes; servicio civil alternativo; cuotas escalonadas con metas verificables; y subsidios condicionados a educación básica y empleo formal. No es un debate pasajero. Si “la demografía es destino”, la cuestión haredí definirá el Israel de mitad de siglo. La pregunta ya no es cuántos se alistan, sino qué contrato social puede sostener una sociedad más diversa sin reproducir asimetrías eternas. Entre la coacción y la cooptación, Israel necesita una tercera vía inteligente: negociar con firmeza, medir avances y blindar la igualdad cívica. Los datos son el recordatorio: 200.000 en las calles, 78.000 citados y apenas 153 en combate. El tiempo político corre más rápido que el demográfico; postergar solo elevará el costo. La clave: equilibrar seguridad, libertad religiosa e igualdad.


