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Israel evalúa aceptar pacto clave con Irán tras presión de EE.UU.

Una tregua de diez días en Líbano permite a Israel evaluar un acuerdo con Irán, impulsado por presión de EE.UU. para evitar una escalada regional y reducir la influencia de Hezbolá. Las negociaciones en Islamabad buscan limitar el uranio iraní a cambio de alivio económico.

| Por La Tribuna
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Una excavadora retira los escombros de un edificio parcialmente destruido por un ataque aéreo israelí, durante una visita de prensa organizada por la oficina de prensa de Hezbolá, en el barrio de Hay el-Sellom, en las afueras del sur de Beirut. EFE. WAEL HAMZEH

VisualPolitik/La Tribuna. La guerra entre Irán e Israel entró en una fase decisiva y el escenario que puede inclinar la balanza no está ni en Teherán, ni en Jerusalén, ni en Washington, sino en el Líbano. La entrada en vigor de un alto el fuego de diez días entre Israel y territorio libanés abrió una ventana diplomática que podría acercar un acuerdo más amplio entre Estados Unidos e Irán, con potencial impacto sobre toda la crisis regional.

La tregua no es un hecho menor. Para Teherán, frenar los ataques en el Líbano era una condición indispensable para permitir el avance de las conversaciones con Washington. En paralelo, durante este período también quedó abierto el paso de buques comerciales por el estrecho de Ormuz, un punto neurálgico para el comercio energético global cuya alteración ya comenzó a afectar a los mercados.

La urgencia es evidente. La interrupción parcial del tráfico en Ormuz redujo el margen de maniobra internacional y elevó el riesgo de una crisis energética de gran escala. Las advertencias sobre reservas limitadas de combustible para aviación en Europa y el alza del costo de la energía aceleraron los contactos diplomáticos. En ese marco, negociadores iraníes y estadounidenses tienen previsto volver a reunirse en Islamabad, en un intento por cerrar un entendimiento que recuerde al alcanzado durante la administración de Barack Obama, aunque con incentivos económicos adicionales.

Entre los elementos en discusión aparece la posibilidad de que Irán limite el enriquecimiento de uranio a cambio de la liberación de más de 20.000 millones de dólares en activos congelados y del alivio parcial de sanciones. Sin embargo, el aspecto más delicado no está solo en el expediente nuclear, sino en la situación del Líbano y en el papel que ocupa Hezbollah dentro del conflicto.

Desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, el 28 de febrero, el frente libanés volvió a activarse. Hezbolá lanzó una ronda de cohetes contra Israel en represalia por la eliminación del ayatolá Ali Khamenei, y aunque la acción no tuvo gran impacto militar, sirvió de detonante para una respuesta israelí de enorme escala. Primero se ordenó la evacuación de más de 50 pueblos al sur del río Litani, bastión histórico del grupo chií. Después llegaron bombardeos masivos en el sur del país y más tarde en Beirut.

La ofensiva alcanzó niveles inéditos desde el final de la guerra civil libanesa. Uno de los episodios más duros se registró el miércoles 8 de abril, cuando ataques aéreos sobre la capital dejaron más de 350 muertos en un solo día, con reportes que hablan de más de 200 víctimas en apenas diez minutos. La magnitud de la operación agravó aún más la fragilidad libanesa, en un país golpeado desde hace años por una profunda crisis económica, parálisis política e inestabilidad crónica.

Ese deterioro explica por qué el Líbano se convirtió en una pieza tan sensible. Para Irán, la continuidad de la ofensiva israelí en ese país hacía inviable cualquier acuerdo. Para Estados Unidos, en cambio, lograr una tregua en ese frente se volvió indispensable para evitar una escalada regional mayor y sostener una salida negociada con Teherán. De allí la presión ejercida por Donald Trump sobre Benjamin Netanyahu para aceptar una pausa que, en principio, el primer ministro israelí no deseaba.

Pero el trasfondo es más profundo. Israel no solo busca contener ataques inmediatos, sino modificar de manera estructural la correlación de fuerzas en el Líbano. El objetivo estratégico es reducir o desmantelar la influencia militar, política y social de Hezbolá, una organización que no solo conserva capacidad armada, sino que además participa del sistema estatal, controla ministerios clave y mantiene presencia en empresas, entidades financieras, medios y redes asistenciales.

Esa lógica responde a una concepción histórica de seguridad conocida como Doctrina Begin. Su principio es claro: Israel no puede permitir que un adversario acumule capacidades que en el futuro puedan amenazar su existencia. Bajo ese criterio, la acción debe llegar antes de que el peligro se materialice. La doctrina nació formalmente en 1981, cuando el entonces primer ministro Menachem Begin ordenó destruir el reactor nuclear iraquí de Osirak en la Operación Ópera. La idea volvió a aplicarse en 2007, con el ataque a un presunto reactor en Siria, y desde entonces se expandió hacia una estrategia más amplia.

Hoy esa doctrina ya no se limita solo a la proliferación nuclear. También alcanza infraestructura estratégica, activos militares, cuadros políticos y capacidades económicas de actores considerados hostiles. Esa visión ayuda a entender la intensidad de los ataques en Gaza, el Líbano e Irán, así como la distancia creciente entre los objetivos de Washington y los de Jerusalén.

Mientras la Casa Blanca busca una salida negociada que estabilice la región, Israel parece dispuesto a seguir debilitando a sus adversarios aun a riesgo de complicar la diplomacia. Por eso, aunque el alto el fuego en el Líbano acerca la posibilidad de un acuerdo con Irán, nadie da por seguro que esa tregua se transforme en paz duradera. En esta etapa, el consenso puede ser inminente, pero su sostenibilidad sigue siendo la gran incógnita.

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