Morderse las uñas es una conducta repetitiva que suele comenzar en la infancia y prolongarse durante la adolescencia y la adultez. Según explicó la psicóloga Noelia Castillo, este comportamiento aparece ante situaciones de nerviosismo, tensión, frustración o aburrimiento, aunque también llega a convertirse en un hábito automático que la persona ejecuta de forma inconsciente.
Desde el ámbito de la psicología, esta conducta, denominada onicofagia, responde a diversas causas. Algunas personas se muerden las uñas para regular sus emociones o experimentar un alivio momentáneo, mientras que otras lo hacen al estudiar, trabajar o mirar televisión. Castillo añadió que la práctica también se vincula con la necesidad de manipular imperfecciones percibidas en los bordes de la uña.
Sin embargo, presentar este hábito no implica necesariamente la existencia de un cuadro de ansiedad o un trastorno psicológico. La especialista señaló que resulta fundamental evaluar los factores previos y posteriores a la conducta, con el fin de identificar las emociones desencadenantes y determinar si la acción produce satisfacción, distracción o frustración.
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Para atenuar este comportamiento, la psicóloga recomendó la técnica de inversión del hábito, que consiste en detectar las señales previas y reemplazar el impulso por una acción incompatible, como cerrar suavemente las manos, sostener objetos o manipular una pelota antiestrés. Asimismo, destacó la efectividad de implementar pausas activas, ejercicios de respiración pausada y el mantenimiento de las uñas cortas y limadas.
Por su parte, el doctor Robert Núñez explicó que debajo de las uñas se acumulan suciedad y microorganismos que ingresan a la cavidad bucal. Advirtió que las lesiones perimetrales facilitan la aparición de infecciones como la paroniquia, caracterizada por dolor, inflamación, enrojecimiento y eventual presencia de pus.
La presión ejercida al morder favorece además al desgaste del esmalte, pequeñas fracturas dentales y alteraciones en la alineación de la mordida, sumado al daño recurrente en el tejido de las encías.
En el plano digestivo, aunque la ingesta accidental de pequeños fragmentos no suele generar complicaciones, el especialista remarcó que la acumulación repetida de grandes cantidades puede conformar un bezoar, masa que obstaculiza el tránsito gastrointestinal.

