Cuando un profesional busca empleo y presenta su currículum, la urgencia de llevar el sustento a su hogar prima sobre cualquier auditoría; no le corresponde verificar los antecedentes legales de la junta directiva. Quienes trabajamos en VMedia, periodistas, técnicos y camarógrafos, solo aportamos nuestro talento y dedicación. Ninguno de nosotros fue cómplice de un desfalco, sino trabajadores que sostenían a sus familias con el fruto de un salario digno. No nos incorporamos a esa redacción para terminar aplastados tras la debacle de una quiebra fraudulenta.
El colapso de Ueno y la caída del Grupo Vázquez barrieron con esos sueños de un plumazo. Escribo esto despojada de rabia ciega, pero habitada por la frustración profunda de quien ama informar y ve cómo la ambición desmedida de unos pocos arrastra el sustento de miles. Nos arrebataron la estabilidad y nos empujaron a un mar de incertidumbre financiera y laboral. Sin embargo, cometieron un error de cálculo imperdonable en su soberbia de directorio: creyeron que, al congelar las cuentas, también apagarían nuestra voz.
Olvidan de qué madera está hecho el paraguayo. Somos herederos de una memoria forjada en la resiliencia absoluta, descendientes de una generación que levantó un país entero desde las cenizas humeantes de una guerra de exterminio. Llevamos en nuestra genética la terca costumbre de no claudicar cuando el panorama dicta que todo está perdido. Esa misma fuerza histórica es la que hoy nos impulsa a sacudirnos el polvo de esta tragedia. Hemos vencido el miedo.
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En este proceso, entendimos que los medios de comunicación no le pertenecen a los financistas de saco y corbata que los utilizan como escudos políticos o agencias de relaciones públicas. Los medios nos pertenecen por derecho propio. Somos nosotros quienes los construimos con cada cobertura, con cada madrugada frente al teclado y con cada pregunta incómoda. Hoy decidimos tomar los espacios que nos corresponden, porque la información es un bien público y un servicio social, no el capricho de un holding atrincherado en la quiebra.
Para mí, el periodismo nunca ha sido solo un empleo; es la estructura vertebral que me sostiene, mi vocación y mi razón de seguir respirando en medio del caos. No estoy dispuesta a perder otra vez lo que amo por la negligencia criminal de quienes jugaron al monopolio con los ahorros de todo un país.
Nos quitaron la tranquilidad, es cierto, pero al hacerlo nos devolvieron nuestro propósito original. Seguiremos escribiendo y seguiremos informando desde el amor inquebrantable a la verdad.
Porque los imperios financieros de papel se derrumban solos, pero la tinta de quienes nos negamos a rendirnos es, y será siempre, imborrable.


