Tres mil cuatrocientos

Por Natalia Olmedo

| Por Natalia Olmedo
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¿Cuánto vale la dignidad en Paraguay?

En cualquier semáforo de nuestra rutina cotidiana, la desesperación alcanza una cifra exactísima. Hace unos días, un trabajador se aproximó a la ventanilla de mi auto para solicitarme G. 3.400. Su pedido distaba de ser una limosna aleatoria; era la tarifa precisa de un pasaje de colectivo para retornar a su hogar, tras permanecer varias horas a la espera de que alguna alma solidaria se lo financiara.

La escena puso en evidencia la cruel e involuntaria paradoja de nuestra era digital. Habituada al dinero virtual, yo no contaba con un solo billete en efectivo. Sacudido por un hipo persistente, síntoma inequívoco de un estómago en ayunas, me relató que venía de completar su jornada laboral sin haber probado bocado en todo el día. Su tarjeta de transporte se había quedado sin saldo, impidiéndole volver a casa para comer algo y descansar. Intenté hacerle una recarga por vía electrónica, pero el plástico estaba tan desgastado que los números resultaban completamente ilegibles.

Afortunadamente, el conductor del coche de enfrente tenía efectivo y resolvió la urgencia. Sin embargo, la secuencia me dejó una fractura emocional frente al volante. En esa distancia mínima que separa el cristal de un auto y la mano de un trabajador se resumía la violenta asimetría de un país con el compás moral roto. Resulta imposible no conectar esa orfandad callejera con la realidad paralela que consumimos, validamos y financiamos a diario con nuestra atención.

Mientras un ciudadano soporta el hambre y el abandono en el asfalto, nuestra sociedad derrocha millones en rendir culto a personajes cuya única destreza es el exhibicionismo hueco. Como ya advertía Umberto Eco, le hemos entregado el monopolio del prestigio a legiones de necios, pero la tragedia actual es que, además, los hemos vuelto inmensamente ricos. El mercado de la atención no premia el mérito, ni rescata al vulnerable, ni escucha a quienes de verdad podrían aportar lucidez a la comunidad. Solo factura con el ruido.

Hemos estructurado un ecosistema que eleva la estupidez a la categoría de negocio para anestesiar la empatía. Exigirle a la audiencia que procese la dura realidad duele; en cambio, el consumo masivo de charlatanes que solo venden humo funciona como un sedante perfecto. Nos dopamos con la mediocridad ajena para no tener que mirar por la ventanilla.

El drama de fondo no radica únicamente en nuestra fractura económica, sino en el raquitismo ético con el que estamos moldeando a las futuras generaciones. Quienes mañana tendrán la responsabilidad de cambiar este rumbo crecen asimilando que la ignorancia se premia con fama y el esfuerzo se castiga con indiferencia.

Resulta asqueroso seguir enriqueciendo con nuestro tiempo y atención a la escoria mediática mientras, al otro lado del cristal, la dignidad de un hombre cuesta apenas G. 3.400 y que el sistema lo obliga a humillarse en un semáforo para conseguirlos.

¿Somos realmente la miseria que merecemos? Quebrar esta inercia exige dejar de aplaudir el vacío y obligarnos a mirar el asfalto. El único llamado a la acción posible es apagar el ruido y dejar de financiar la estupidez para empezar, de una vez por todas, a rescatar lo que nos queda de decencia.

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