…sin pedir socorro al gobierno. Cuando las cosas vienen bien, todos calladitos, pero cuando apenas la madre naturaleza, en este caso, pone a prueba al hombre, todos a pedir socorro al gobierno. Plataaa… que no estaba prevista. ¿De dónde sacarla? De sus recursos, dicen orondos los que creen que conseguir dinero es soplar y hacer botellas. ¿Este insensible de dónde salió?, estarán diciendo. No lo soy. La ayuda para los damnificados ribereños, para los indígenas desplazados, los más pobres entre los pobres, y para los campesinos que perdieron cultivos por la granizada (sin que interfieran los dirigentes eternos) está perfecta. Hay que darles la mano.
Ahí no hay mucho que discutir. El que perdió el techo y no sabe qué va a comer mañana no puede esperar a que escampe ni a que los números cierren. Para eso está el Estado.
Pero ahora una docena de gremios de la producción, (poderosos todos), piden una reunión urgente al gobierno para “tomar medidas que permitan moderar los movimientos bruscos de la moneda”. Ergo… que salga a comprar dólares, emitiendo moneda para ello, lo que resulta inflacionario, etc., etc. No puedo extenderme mucho sobre esto porque la economía nunca fue mi fuerte.
En abril de 2025, el dólar trepó a la increíble altura de 8.020 Gs. Estos gremios silbaron, mirando hacia arriba. Maravilla… todo era fiesta, mientras Juan Pueblito compraba todo más caro…
Actualmente, en octubre de 2026, está en 5.797, uno de sus niveles más bajos en los últimos 8 años. Entonces, que el gobierno se ponga.
El bolsillo del consumidor también cuenta, aunque no tenga una docena de gremios que salga a hablar por él. Cuando el dólar subía, pagaba la diferencia sin reunión urgente ni medidas especiales. Ahora que baja, tampoco estaría de más que el alivio llegará a sus compras. Porque, si las subas se trasladan enseguida y las bajas se toman su tiempo, Juan Pueblito siempre se queda mirando la fiesta desde afuera.
Conste que no estoy en contra de ellos. Creo nomás que ellos están en condiciones de afrontar la mala coyuntura, habitual en los negocios, y dejar que el gobierno se ocupe de los que viven en pobres tierras, “nacidos ya, como quien dice, en tiempo de mala cosecha” (Elvio Romero, dixit).
Los negocios tienen sus riesgos. Hay años buenos y otros que obligan a ajustar el cinturón. Lo que cuesta entender es que, a la primera de cambio, la cuenta tenga que ir a parar al Estado. Si para disfrutar de las ganancias cada uno sabe arreglarse, alguna espalda habrá que poner también cuando las cosas se complican.
Los inundados son prioridad. Esa urgencia no admite mucha vuelta. El agua no espera una reunión y una familia a la intemperie no puede quedar para después. Primero hay que llegar hasta ella; las discusiones pueden esperar.
En medio de los signos de alarma por este Niño furibundo que destrozó las casas con granizos, estuvo un diario soliviantando los ánimos porque aún no se construyó la franja costera de Ayolas, que cuesta… 100 millones de dólares… La obra habrá que hacerla, claro. Pero entre reclamarla y construirla hay un trecho que cuesta dinero y tiempo.
Tiempos turbulentos en todos los ámbitos, donde hay que conservar la calma. Pedir es fácil; ordenar las prioridades ya es otra cosa. Y al gobierno le toca distinguir quién necesita una mano para levantarse y quién pretende que le acomoden el negocio.
Bien… sálvese quien pueda… pero que los que tienen con qué, se salven solos. El salvavidas del gobierno, primero para los que se están hundiendo


