Hay un clima raro en el país. Las movilizaciones de médicos y docentes, sumadas a una interna política tensa, hicieron que algunos hablen de una inminente “cascada de reclamos” y hasta de riesgo de grave conmoción social. Estoy lejos de compartir ese diagnóstico.
Miremos los hechos con distancia. No hay saqueos, ni corridas en las calles, ni disturbios generalizados. Lo que hay son conflictos sectoriales, serios, legítimos, pero acotados, y una economía que, más allá del ruido, sigue de pie.
Empecemos por un programa que rara vez se valora en su justa dimensión: Hambre Cero. El almuerzo escolar ya llega a más de 1.050.000 alumnos, casi 100.000 más que cuando arrancó en el 2024. Ese crecimiento obligó a un refuerzo presupuestario de 191 millones de dólares para sostener la cobertura hasta 2030. No es un dato menor: es un programa que da trabajo, más de 700 mipymes ya integradas a su cadena de provisión, facturando cerca de 28 millones de dólares, y que funciona como incentivo real para mantener a los chicos en la escuela. Se habla poco de esto, y se le reclama mucho al Gobierno sin poner en la balanza lo que efectivamente funciona.
Algo similar pasa con la tierra. Este año el país acumula más de 12.000 títulos de propiedad entregados en el interior, dentro de la Nueva Ruralidad: familias de Alto Paraná, Caazapá y otros departamentos recibiendo titulación y viviendas sociales a la vez. Es justo decir que esto no resuelve todo; en agosto, una coalición campesina e indígena marchó en Asunción reclamando más fondos para el Fonavis y viviendas dignas, con familias que llevan casi 20 años esperando un título.
El reclamo es legítimo y muestra que la desigualdad en el acceso a la tierra sigue siendo estructural. Pero la escala de la conflictividad campesina bajó notablemente frente a años anteriores, en paralelo a esa ofensiva de titulación masiva. Ese contraste importa, y no debería borrarse solo porque no encaja con el relato de crisis total.
¿Significa esto que no hay problemas? Para nada. La huelga médica generó tres meses de tensión real, con el Ministerio de Salud tropezando semana tras semana. Pero el desenlace desmiente el catastrofismo: el 16 de septiembre el Gobierno y el gremio médico cerraron un acuerdo, un aumento de 2 millones de guaraníes para todos los médicos, por debajo del piso de 3 millones que pedían, pero suficiente para que la huelga del 21 y 22 se levantara por decisión unánime. En el medio, una señal que vale destacar: el Senado había creado, el 7 de septiembre, una comisión especial para la crisis sanitaria, con legisladores, incluidos médicos de profesión, mediando de lleno. Ese es el rol que le corresponde al Congreso desde mi punto de vista. No mirar desde la tribuna, sino sentarse a la mesa cuando el Ejecutivo y un sector clave no logran destrabar solos el conflicto. Y esta vez, lo destrabaron.
¿Por qué somos tan extremistas al leer la coyuntura? Tenemos una economía que, en el panorama regional, se sostiene razonablemente bien, y sin embargo hacemos todo lo posible por desestabilizarla con discursos catastrofistas. Hay reclamos puntuales, algunos con toda la razón, y un Gobierno que también tiene aciertos que rara vez se reconocen. Ver solo las sombras, o solo las luces, es la forma más fácil de equivocarse. Hoy, con los datos sobre la mesa, para mí, las luces pesan más.


