—¿Puedo pagarte con tarjeta?
La pregunta se la hice hace unos meses a Juanita, mi chipera de Fernando de la Mora y General Santos.
Esperaba el clásico:
—No, señor. Efectivo nomás.
Pero no.
—Sí, tengo.
—¿En serio?
—Te doy mi alias.
Ahí dije… uhhhh, ¡maravilla!
La chipera tenía alias y yo todavía andaba buscando un billete de diez mil en el bolsillo.
Desde entonces, empecé a prestar atención.
El vendedor de papel higiénico de Perón y Félix Bogado también cobra por transferencia. Ña Aurora, que aparece los sábados al mediodía recorriendo el barrio con un enorme canasto de frutillas, directamente me pasó los datos de su yerno.
—Transferile nomás ahí.
Y listo. Opa la efectivo.
Sin que nadie decretara su muerte, sin velorio, sin corona de flores y sin un comunicado del Banco Central, el pobre billete empezó a desaparecer de nuestras vidas.
Hasta hace poco, salir de casa implicaba una rápida inspección: billetera, documentos, plata.
Hoy uno puede olvidarse de todo menos del celular. “Pasame tu alias”. “Escaneame el QR”. “Te transfiero”. “¿Ya te llegó?”.
Son las nuevas frases nacionales.
Y en el camino se nos van perdiendo pequeñas costumbres que parecían eternas.
El famoso: —Quedate con el vuelto.
Aquella generosidad espontánea de 500 guaraníes que convertía a cualquiera en un pequeño Rockefeller. Sí, ya sé. El viejazo.
O el: —Te falta mil. Frase capaz de paralizar una caja de supermercado mientras uno revisaba desesperadamente bolsillos, billetera, cenicero del auto y dignidad.
Y estaba también el drama de pagar con cien mil.
Uno entregaba el billete y la reacción era inmediata:
—¿No tenés más chico?
Como si portar cien mil guaraníes fuera una provocación.
Empezaba entonces una colecta nacional de sencillo. El cajero preguntaba al de al lado, alguien abría una latita y uno esperaba con culpa, como si hubiese complicado el sistema financiero paraguayo.
También está desapareciendo otra institución paraguaya: el caramelo como moneda de curso legal.
Durante décadas entrábamos a comprar algo y, ante la ausencia de sencillo, recibíamos dos caramelos de vuelto.
Nadie los quería. Nadie los pedía, pero todos los aceptábamos.
Era eso o iniciar una discusión constitucional por 200 guaraníes.
Después estaban los billetes. El de cinco mil hecho un bollito. El de diez mil lavado accidentalmente dentro del pantalón. El de cien mil que el comerciante levantaba hacia la luz, miraba de un lado, del otro y finalmente te observaba a vos, como evaluando cuál de los dos era falso.Todo eso se va yendo.
Ahora hasta para comprar una chipa podemos sacar el teléfono, tocar dos botones y escuchar ese maravilloso aviso:
transferencia realizada.
Es más cómodo, más rápido, más limpio. Y evita uno de los grandes dramas de la humanidad: “¿No tenés sencillo?”
Pero toda modernidad tiene también su pequeña venganza.
Hace años vi una película, “The Trigger Effect”, en la que un apagón deja a una ciudad sin electricidad, comunicaciones ni cajeros automáticos. De repente, todo aquello que parecía seguro deja de funcionar.
Y pensé en nosotros.
Tan contentos con nuestros alias, nuestros QR, nuestras aplicaciones y nuestra vida metida dentro del teléfono.
¿Y si algún día se apaga todo? Sin internet, sin señal, sin sistema.
Ahí estaremos, mirando inútilmente el celular, mientras ña Aurora sostiene su canasto de frutillas y pregunta:
—¿Y ahora cómo me vas a pagar?
Ese día quizá volvamos desesperados al cajón buscando aquel viejo billete arrugado que alguna vez despreciamos.
Y capaz hasta extrañemos escuchar: —No tengo sencillo. ¿Te puedo dar un caramelo?


