—¡Hola, Gloria!
—¡Hola, señor Christian!
—¿Qué tal?
Y así empieza casi siempre una conversación sobre temas baladíes. El calor, los precios, el colectivo, los chicos, el cansancio.
Gloria es mi cajera predilecta del súper.
Casada, con dos hijos pequeños, marido ausente, laburo terrible, un día libre a la semana, jornadas de nueve horas o más, salario mínimo, descuentos arbitrarios y un largo rosario. Ahhh, lo olvidaba: vive en Itauguá y trabaja en Asunción. Se levanta a las cuatro de la mañana y puede pasar hasta seis horas por día entre colectivos, esperas y tráfico.
Sin embargo, aprecia ese trabajo. No quiere perderlo por nada del mundo. A falta de pan, buenas son tortas.
El finde pasado estaba triste.
—¿Qué te pasa, Gloria?
Habían instalado una “cajera automática” experimental en el súper. No una de esas máquinas que te dan dinero. No. Esta te atiende. Pasás la compra por sus ojos electrónicos, o cibernéticos, qué sé yo; reconoce los productos, factura, te pasa la cuenta. Arrimás la tarjeta o el QR, pagás y chau.
No hay “hola”. Tampoco “¿qué tal?”.
Algunas compañeras ya habían sido despedidas y eso la angustiaba. Y con razón.
La inteligencia artificial y la automatización dejaron de ser una película sobre el futuro. Están acá. Avanzan a una velocidad difícil de dimensionar y están cambiando algo mucho más importante que nuestra manera de usar el teléfono: nuestra manera de trabajar.
Cajeros de supermercados y bancos, operadores de call center, administrativos, traductores, transcriptores, correctores, diseñadores, redactores de contenidos rutinarios, periodistas, auxiliares contables y legales y hasta programadores que realizan tareas básicas están entre los trabajos más expuestos a la automatización y la IA.
Lo paradójico es que durante décadas nuestros padres insistieron en que estudiáramos para no terminar haciendo trabajos manuales. “Estudiá informática”, “trabajá en una oficina”, “conseguí una profesión”.
Resulta que ahora un buen plomero, electricista, mecánico o albañil puede ser bastante más difícil de reemplazar que alguien sentado frente a una computadora. Quién lo hubiera dicho.
El Gobierno tiene que empezar a pensar seriamente en esto. El sistema educativo también. No alcanza con celebrar la tecnología o hablar de los empleos del futuro. Hay que preguntarse cuáles desaparecerán, cuáles aparecerán y cómo capacitamos a quienes quedarán en medio de esa transformación.
Y obviamente Paraguay está solo. Las grandes compañías tecnológicas compiten salvajemente por avanzar cada día más. Hay fortunas y poder en juego. Frenar ese proceso es imposible a estas alturas.
¿Miedo al futuro? No. ¿Miedo a la tecnología? Tampoco.
Miedo a la ambición desmedida, sí.
Alguien tiene que pensar también en el ser humano. En sus afectos, sus hijos, su trabajo, su dignidad, su naturaleza. Porque podremos construir máquinas extraordinarias, compañías que valgan montañas de dinero y sistemas capaces de hacer en segundos lo que nosotros hacemos en horas.
Pero sería una estupidez construir un mundo extraordinariamente eficiente en el que cada vez sobre más gente.
Mientras discutimos si algún día la inteligencia artificial será capaz de pensar, quizá convendría empezar por algo más urgente: pensar en nosotros.
Porque detrás de cada puesto que desaparece no hay una estadística. Hay alguien que se levanta a las cuatro de la mañana, toma dos colectivos, trabaja nueve horas y vuelve a su casa para empezar otra vez al día siguiente.
La tecnología seguirá avanzando. Pero que no avance dejando gente tirada por el camino.
Gloria no le tiene miedo a una máquina.
Tiene miedo de llegar un día al súper y descubrir que una máquina ocupó su lugar.


