Opinión

Odio las motosierras

Solamente su sonido ya me resulta amenazante. Ese rrrrrrrrrrr, estridente, agudo, horrible, te taladra los oídos y te despierta la alarma porque vaticina algo inminente, malo, que va a suceder. Aparentemente estoy exagerando, pero no. Las motosierras son el preludio de la desaparición de un bello monte, de árboles centenarios que son tumbados, con cierto aire de sadismo, por los propietarios de terrenos donde pronto se alzará un súper, una urbanización o, en el peor de los casos, uno de los shoppings que menudean ahora en Asunción.

| Por Christian Torres
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Frente a mi casa, perdón que ventile cosas personales, existían dos hermosos “chapeau de sol”, que daban una fantástica sombra durante los terribles calores del verano. Eran un refugio para los pajaritos que despedían la tarde con un concierto de trinos. Bastaba abrir una ventana al caer el sol para comprobar que allí había vida.

Resulta que en la pandemia murió Ña Tomasa, la dueña de casa, y la heredó una hija que vive en España, lejana ella, quien lo primero que hizo fue ordenar “meterle motosierra” a los chapeau de sol porque “ensuciaban demasiado”. Entonces surgió en el lugar un desierto quemante que atormenta a los inquilinos actuales, ya que gran parte de la casona tiene techo de chapa. Los pajaritos desaparecieron. La sombra también. El barrio perdió un pedacito de su alma.

Hasta aquí la parte baladí de mi comentario. Siempre me critican por no ocuparme de “cosas serias”, pero me resisto. LT tiene especialistas de altísimo nivel para eso. Ahí está, por ejemplo, César Addario Soljancic, nada menos que asesor de Bukele y muchos otros súper calificados. Así que sigo en lo mío.

La bárbara costumbre de tumbar todo, “meterle motosierra”, pelar el terreno donde se va a construir, es algo muy siniestro. Debería entenderse de una vez por todas que todo proyecto inteligente es compatible con la naturaleza. No hace falta arrasar para progresar. Se puede construir respetando los árboles, los cauces naturales y los espacios verdes. Nosotros seguimos creyendo que el cemento es sinónimo de desarrollo.

Así como están las cosas, somos incompatibles con el mundo.

¿Creen los grandes señores que priorizan la economía por encima de todo que sus hijos y nietos van a comer tierra —o billetes— cuando todo esté devastado? El cambio climático dejó de ser una discusión académica. Cada verano es más sofocante, cada tormenta más violenta y cada inundación más frecuente. Sin embargo, seguimos actuando como si nada ocurriera.

Por eso merecen un reconocimiento los ambientalistas. Muchas veces son objeto de burlas y se los acusa de exagerados o enemigos del progreso. No es cierto. Gracias a ellos se frenaron innumerables atropellos contra bosques, humedales y reservas naturales. Son la última barrera antes de que las topadoras y las motosierras hagan un daño irreversible. La naturaleza no nos pertenece. Nosotros pertenecemos a ella. Y cuanto antes lo entendamos, mejor.

Sin embargo, no todo está perdido. Sobre la calle Luis de Granada, no conozco el nombre del barrio, hay una placita que es un jardín del Edén para los niños y los vecinos de la zona. Una comisión guapísima la tiene de punta en blanco. Árboles, flores, juegos, senderos limpios y mucha dedicación. Es un ejemplo perfecto del enorme poder vecinal cuando hay ganas de hacer bien las cosas.

Principio tienen las cosas. Basta mirar ese pequeño rincón de Asunción para comprender que otra manera de crecer sí es posible. Nuestro homenaje a ellos. Ahí empieza el Paraguay que vale la pena.

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