Creo que no debo volver a escribir sobre la Albirroja (aunque estoy tentado), pero debo dejar ese trabajo para los “peloteros”, que son mucho más hábiles que yo para tocar ese tema. Solo quiero decir una cosa: ¡qué lucha titánica contra los turcos, señores!
Esa es la mentada “garra guaraní”. Se puede ganar o perder. Esta vez ganamos, pero dejando la vida en la cancha. Corriendo, peleando cada pelota como si fuera la última. Ndaipóri pire pererî, como dice aquella canción patriótica. Bueno, hasta aquí llegué.
Voy a hablar de otro “guaraní”, pero no precisamente de la garra, sino todo lo contrario. De un feroz delincuente que, con solo mirarle el rostro, ya te da miedo.
La Tribuna publicó su fotografía hace un par de días. No quiero describirlo porque voy a parecer impiadoso, pero creo que basta decir que transmite una inquietante sensación de vacío. Como si no tuviera alma, como si actuara únicamente por instinto y como si le diera exactamente igual matar o morir.
Es brasileño, según los registros. Se llama Emanuel Cidade Campos. Su alias es “Guaraní”. Tiene apenas 23 años y la Policía lo sindica como participante de cinco de los mayores asaltos con explosivos ocurridos en nuestro país. Incluso llegó a ser dado por muerto, pero no. Había sido que “estaba de parranda”, mientras las autoridades lo creían fuera de circulación.
Cayó ahora durante el allanamiento al aguantadero de los atracadores involucrados en el espectacular asalto a entidades financieras de Santa Rita. Emanuel Cidade Campos integra el temible PCC, Primer Comando da Capital, una de las organizaciones criminales más peligrosas de América Latina.
Sobre su historial, la propia crónica policial señala que “está vinculado a varios casos que son investigados, entre ellos el atentado contra el Banco Nacional de Fomento en la ciudad de Natalio, el ataque a un cajero automático en Yatytay, el asalto a un banco de Katueté este año y, según los investigadores, también habría participado en el golpe contra Algisa en Coronel Bogado y en el atentado contra seis transportadoras que viajaban desde Ciudad del Este hacia Asunción, ocasión en la que incluso se enfrentaron con personal de la Fope”.
Anoto tres cosas: 1) El crimen organizado ya no está afuera; está instalado. Antes veíamos al PCC como un problema brasileño. Hoy recluta, opera, lava dinero, compra armas y ejecuta golpes espectaculares dentro del Paraguay, 2) La edad del personaje. Tiene 23 años. A esa edad muchos están terminando una carrera, formando una familia o empezando una empresa. Este ya participó en media docena de ataques de película y 3) La batalla cultural. El verdadero problema no es Campos. El problema es que detrás de él vienen decenas más. El PCC no fabrica delincuentes; los encuentra en sociedades donde el Estado, la familia, la escuela y las oportunidades llegaron tarde o no llegaron.
¡¡¡Veintitrés años!!! Ese dato es el que impresiona, porque nadie nace atracador de bancos. Nadie nace integrante del PCC. Nadie nace dispuesto a vivir entre explosivos, fusiles y enfrentamientos con la Policía. Algo salió mal mucho antes. Y aquí el viejo axioma: una sociedad que educa mejor tiene menos posibilidades de producir personajes como este.
Hoy celebramos la garra guaraní de once jugadores que dejaron el alma en la cancha. Ese es el “guaraní” que queremos. El que lucha, el que se esfuerza, el que representa algo bueno. El otro, el de los explosivos, el PCC y los asaltos, definitivamente no. Con uno sentimos orgullo. Con el otro, culpa y miedo.


