Por supuesto quiere decir “El día Albirrojo”, el viernes pasado, una jornada tan fantástica que quedará para la historia.
El país entero se puso la albirroja. Desde temprano había un ambiente de buena onda, de alegría, de movimiento. En el supermercado, todo el mundo con la camiseta; en los estacionamientos, los vehículos con la banderita. Era otro clima. Parecía la víspera de una gran fiesta nacional. Los jóvenes eran los más entusiastas, pero estaban lejos de ser los únicos. Dicen que en varios ministerios pidieron a los funcionarios que fueran vestidos con la camiseta de la selección y se cumplió con entusiasmo y orgullo.
Era un ambiente de fiesta de esos que no se fabrican ni se decretan. Simplemente aparecen. La alegría que se respiraba fue algo pocas veces visto en mi larga carrera de periodista. Y aquí cabe ese cliché que esta vez describe exactamente lo ocurrido: se sumaron todos.
En la capital y en el campo, en los barrios acomodados y en los más humildes. No había enemigos ni vencedores ni vencidos. No había color político, profesión ni condición social que valiera. Por unas horas todos estábamos en la misma frecuencia, unidos por la inminencia de un partido que, en teoría, era apenas un amistoso, pero que en la práctica se convirtió en mucho más.
El viernes no se vivió solamente una previa deportiva. Se vivió un verdadero fenómeno social. Un día para recordar. El “Día A”. Para guardarlo en la memoria como un día pacífico, humano y alegre, donde la pasión del fútbol nos unió como pocas veces antes. Era Paraguay entero mirando hacia el mismo lugar.
Tan intensa fue la emoción que el bus que trasladaba al equipo hacia el estadio prácticamente no podía avanzar. La gente le salía al paso, saludaba a los jugadores, los aclamaba y los fotografiaba.
Gente a la que jamás le importó el fútbol el viernes se sumó a la fiesta con absoluta naturalidad. Como si participar fuera obligatorio.
Y empezó el partido.
En el estadio no cabía un alfiler. El equipo estuvo a la altura de las circunstancias. La victoria terminó siendo la guinda que coronó un día casi perfecto. Digo “casi” por la lesión de Enciso, que nos dejó a todos con el corazón en la boca.
Al terminar el partido la gente no quería irse de la cancha. Permanecía allí como hipnotizada, tratando de prolongar la magia del momento. No era solamente felicidad. Había también algo de alivio. Como si después de tantos años de frustraciones volviéramos a reconocernos en una selección que transmite ilusión.
Y quizás ahí esté la explicación de todo.
Después de dieciséis años de ausencia mundialista, el paraguayo vuelve a sentir que el sueño es posible. Todavía falta mucho, por supuesto. Pero el fútbol también vive de emociones y de señales. Y la señal del viernes fue poderosa.
Confieso algo: somos tan caraduras que, después de pasar dieciséis años mirando los mundiales por televisión, ahora ya no nos conformamos con clasificar. Ahora soñamos con ser campeones del mundo.
Y después de lo vivido en el “Día A”, ¿quién se anima a decir que soñar está prohibido? Con la mística del viernes, todo parece posible.


