He estado 2 veces en Israel y en ambas he sido retenido en el aeropuerto para “averiguaciones”.
Ni me trataron mal, ni me trataron bien. No hubo ningún trato salvo que por ello cuente estar encerrado, incomunicado, solo y sin pasaporte por cerca de 1 hora y en un diminuto apéndice de la autoridad aeroportuaria. Las 2 veces me liberaron sin decir palabras y a minutos de que mi vuelo parta de Tel Aviv, con mi nombre en el altavoz del Ben Gurion advirtiéndome de la última llamada para abordar.
Siempre he simpatizado con la causa judía en el conflicto árabe-israelí. Más allá de las razones, que las hay, incide, qué duda cabe, la proximidad cultural de un hispanoamericano con el mundo mediterráneo, los valores occidentales y las comunes raíces religiosas que Israel es y representa.
Ello no evita que mi paso por Israel haya servido para conocerme, sí, pero también para no reconocerme en él.
Y es que recorrer Galilea y caminar por Jerusalén antigua es una inmersión a los orígenes de nuestra cosmovisión occidental cuyo pilar fundamental es la libertad y, desde ella, la búsqueda incesante, obsesiva, de la verdad. Ahora bien, donde los goznes chirrían es cuando el miedo al “otro que no es de allí” aflora nada más tratar con los israelíes, y, sobre todo, viendo cómo tratan a los “otros” más peligrosos: los palestinos.
Las 2 veces que fui crucé a la Cisjordania palestina para llegar a Belén, donde el paisaje del paso fronterizo es de muros de hormigón, retenes militares y barricadas trenzadas de alambres. Los mundos a ambos lados de la línea verde, que así se llama a la frontera, son completamente distintos. Prosperidad de un lado, austeridad rayana en la miseria del otro, y eso que fui antes de la guerra lo que significa que esa austeridad habrá dejado de serla para convertirse ya en auténtica miseria.
Nada más mezclarse con los palestinos de Belén, la mayoría de ellos cristianos que viven, vivían, de las peregrinaciones a la Basílica del Nacimiento de Jesús, la experiencia se convierte en pegajosa e incómoda al oír –al ver– el maltrato con el que son tratados por los israelíes. No era brutalidad, sino algo peor: menosprecio. Un menosprecio que surge de la imagen de subhumanos, poco más que bestias, que se tiene de ellos.
Recuerdo esa experiencia desde la actualidad en la que enterándome de la vida en Gaza, 3 años después del inicio de la guerra, me informo que lo que previsiblemente comerán hoy los gazatíes es o arroz con lenteja o arroz con poroto, porque no hay más que eso. Carne no hay, y en cuanto al pollo el mercado negro alimentado por Hamás lo vende a $ 150 la unidad; el azúcar a $ 10 y la harina a $ 35 el kilo.
¿Por qué no hay alimentos en Gaza? Porque el ejército israelí restringe el abastecimiento a convoyes de la ONU, de los que de cada 10 camiones con alimentos, 2 los roba Hamás. Quedan 8 por semana para 2.000.000 de personas hacinadas en un territorio que es menos de la mitad del tamaño de Central.
Los israelíes tienen sus motivos, claro. Y desde mi punto de vista muy válidos para preservar su propia seguridad. Hamás, el monstruo más espantoso de esta historia, no solo cometió la barbarie del 7 de octubre del 2023 que inició la guerra, sino que utiliza a su propia población civil de escudo humano y objeto de extorsión a cambio de lo más básico: el plato de comida.
No obstante, la línea roja (o verde) que ningún ser humano debe cruzar es la de no reconocer la humanidad del otro. Aunque sea extranjero, aunque sea enemigo, aunque sea palestino. E Israel lo ha cruzado, y, en eso, los seres humanos, por más occidentales que seamos, no podemos reconocernos en él.


